el cristal de la parroquia y su mensaje.pdf

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En la parte izquierda del crucero se encuentra la vidriera dedicada a la virtud de la esperanza. Está
representada por medio de una barca en el mar. Se aprecia su quilla, sus costillas, sus remos que la
arrastran y en el centro una franja dorada, símbolo de la presencia de Dios en medio de la barca. Por
delante cielo abierto, horizonte amplio, nada a la vista, sólo mar y cielo. La meta lejos y la esperanza
de llegar a buen puerto. Todo en un trasfondo de color verde, símbolo de esta virtud.
Esta metáfora de la barca está inspirada en el Evangelio de San Mateo que relata el suceso de la
tempestad calmada en el mar de Galilea. Los Apóstoles están pescando y les sorprenden de repente
una fuerte tempestad. La barca zarandeada por las olas está a punto de hundirse. El Señor está con
ellos durmiendo en el cabezal de la barca. Ante el peligro que corren sus vidas el temor les invade,
por lo que enseguida se oye la voz en demanda de auxilio “Señor, sálvanos, que perecemos”. Un
reproche cariñoso “hombres de poca fe” precede al exorcismo pronunciado por Jesús que recuperará
la calma de nuevo (Mt 8, 23-27).
Esta barca somos cada uno de nosotros en el mar de la vida. Como ves con referencia al mar
porque en él se multiplican las dificultades, los peligros son mayores y la seguridad siempre
pequeña. En este contexto y en muchas ocasiones no es nada difícil encontrarnos en la vida con el
temor de sucumbir, de hacer aguas por inacabados, imperfectos, con demasiadas grietas por donde
afloran las dolencias. Si a esto añadimos la dureza del camino y la lejanía de la meta, no podemos
por menos de experimentar nuestra impotencia con el ¿qué vamos a hacer? Ya no hay remedio...
Naturalmente es por ahí por donde aflora la esperanza y, SÍ HAY REMEDIO. No se trata de ver
las cosas de color de rosa y luego veremos... La esperanza apoya su áncora de seguridad en el
mismo Dios porque nace y se afianza en la fe plenamente vivida. Supone la maravillosa
combinación de confiar y de vivir ahora la presencia de Dios en nuestra barca. En otras palabras
hemos aprendido que somos templo de Dios y más tarde gracias a los méritos de Nuestro Señor
Jesucristo alcanzar cuanto nos ha prometido. El mismo Dios se hace fiel deudor de la promesa por
eso dirá San Pablo que la esperanza no defrauda (Rm 5, 5). Todavía va más lejos al hablarnos de su
compañía y de su acción “todo lo puedo en aquél que me conforta” (Flp 4, 12).
A su vez, esta virtud está condicionada a nuestra propia lucha retirando cualquier obstáculo que
impida la presencia del Señor y poniendo el esfuerzo necesario para manejar los remos ya que sin
ellos la barca no navega, no llega a la meta.
Es en la próxima llegada a la meta donde la esperanza alcanza su cenit. Y es que si nuestra
esperanza acaba con esta vida somos los hombres más desgraciados (1Co 15, 16-20). Cuando parte
de la barca se está hundiendo, cuando todo lo de aquí abajo no sirve para nada, incluso, se desecha
como un obstáculo, aunque supusiera aquello conquistas laboriosas, solo resta agarrarse a lo último
que se pierde, ya sabes a cual me refiero, porque se trata casi de un conocimiento innato, próximo a
Dios que no se pierde nunca, para en aquél momento pronunciar o susurrar el ESPERO EN TI,
SEÑOR, y esa llamada obtendrá de inmediato la respuesta “ESTOY CONTIGO”.
El miedo se convertirá en paz, la inseguridad en calma y el temor del trámite aduanero de la
muerte, en la alegría del nacimiento de una nueva vida, y ya, parte allá de la otra orilla termina la
esperanza.
La esperanza no defrauda, porque es fruto de la promesa hecha en la Escritura. Dios se ha hecho
deudor nuestro, no porque nos debiera nada a cuenta de algo que le hubiéramos ofrecido, sino
porque nos lo ha prometido.
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