el cristal de la parroquia y su mensaje.pdf

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amarse mutuamente y poder llenar el vacío de la media personalidad masculina y femenina con su
complementariedad. Somos fruto de su amor y el amor adquiere plenitud en la reciprocidad cuando
sabe devolver, sabe dar y sabe amar. Este es el gran compromiso que debe de vivir amando. En la
intención primero a Dios y en la ejecución primero al prójimo, (San Agustín).
Todas las civilizaciones han hecho del corazón el símbolo del amor y la persona. Como diría San
Agustín: “Yo, corazón mío, donde soy el que soy”. Incluso para expresar la bondad de una persona,
de una manera sencilla y coloquial, nos servimos de él “!fulanito qué corazón más grande tiene!”. Si
Dios es amor y sólo amor, nos recuerda San Juan (1 Jn 4, 8), hasta el punto de identificar estas
palabras, ¿por qué no simbolizarle y expresarle en un corazón? Al fin y al postre es pura lógica. En
esta línea celebra la Iglesia la fiesta dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, con lo que nos confirma
que el símbolo, la figura del corazón empleado para referirse a Dios no es sólo de lógica sino
apropiado y bueno. El amor que es Dios pasa sustancialmente por la personalidad de un hombre,
llamado Jesús de Nazaret.
Llama la atención el color blanco de los corazones. Desde siempre estamos acostumbrados a
contemplarlos de color rojo. Quizá para simbolizar el amor apasionado, de entrega, el amor de los
mártires. Parece más indicado que, tratándose del amor de Dios en el que se encuentran, fueran
blancos, signo de equilibrio, de inocencia, de pureza, evitando esa posible exageración del amor que
le hace un poco más interesado en los seres humanos.
En el interior de cada uno se aprecian unas lágrimas superpuestas de cristal para indicarnos el
conjunto de afectos, emociones y sentimientos que constantemente se generan.
El habla del corazón es el amor, que mueve y arrastra, de ahí que los deseos de Dios en el ser
humano broten espontáneamente. No secundarles sería tanto como frustrarse psicológicamente la
persona.
A modo de conclusión
Para el creyente estas virtudes teologales de fe, esperanza y caridad nos ayudan a vivir mejor. Nos
dan calidad de vida. Es como si Dios se encontrase dentro de nosotros mismos ya que su origen y su
término es Él Mismo. ¿Te das cuenta estimado creyente? Siente la experiencia de palparle y gozarle.
Ya no hay soledad posible para el que tiene fe. ¡Que bien lo expresaba nuestra Santa Teresa de
Jesús! “Quien a Dios tiene nada le falta”. San Pablo abunda en este mismo pensamiento si Dios está
con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8, 31). Por supuesto que esta experiencia vital sólo puede
generarse desde una fe que pasa de unos conocimientos racionales y fríos a ser algo existencial,
encarnada en la vida. Es sentir experimentalmente en lo hondo de nuestra alma que creer en Dios y
en su enviado Jesucristo es recibir luz que ilumina nuestra oscuridad y alumbra nuestras tinieblas.
Que confiar en Dios y en su enviado es tener la seguridad de su protección en este valle de lágrimas.
Y todo esto por una razón bien sencilla, porque Dios nos ama, incluso como somos, siendo
pecadores, ya se entregó por nosotros muriendo en la cruz.
Estas virtudes unidas a las maravillas del mundo que Dios ha puesto para nuestro disfrute
constituyen la base de la misma felicidad que mora en el corazón de cada uno. Esto que parece tan
bonito puede quedarse solamente en esto, por falta de cooperación. Lo sensato es que no fuese así y
que nos aprovechemos de estos medios que consiguen efectos tan buenos. Algunas veces, dada mi
experiencia de sacerdote he visto cómo algún familiar con el mejor deseo de ayudar a algún paciente
en su etapa terminal se le priva de esta oportunidad advirtiendo que “un poco más tarde, señor cura,
para que no se entere”.
Para ello debemos ser conscientes que estas virtudes actúan a través de los sentidos y de la razón.
Que no son algo mágico que obran a este nivel. Son hábitos y por lo mismo son virtudes. Los
hábitos no se improvisan, se van haciendo con la repetición de los actos y la suma de muchos va
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