El Beato Manuel Ruiz.pdf


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Era una humillación para los Turcos de que Francia, Austria e Inglaterra, hubieran tenido que
ayudarles en la guerra de Crimea contra Rusia . Las ayudas y libertades concedidas a los cristianos
en reconocimiento del apoyo prestado, había sido muy mal visto por el pueblo musulmán y por los
dirigentes religiosos. Por ello, se estaba aproximando la trágica escena.
En la oscuridad de las sombras actuaba la mano negra del jefe religioso del islamismo Abdolahel-Halebi en unión íntima con la autoridad civil.
Llegó la fecha prevista. Drusos y beduinos habían venido también a Damasco en espera de
abundante botín. Era el 9 de Julio de 1860.
Dos cañonazos potentes retumban en la vieja ciudad. Grupos de soldados y una chusma
enfebrecida por el odio, se lanza contra el barrio cristiano. Sangre, destrucción y ruina son las
señales de su paso por doquier. Millares de discípulos de Cristo derramaban su sangre en testimonio
a su fe.
El convento franciscano de Damasco servía de refugio y asilo de momento para los cristianos. En
la solidez de sus muros confiaban los religiosos que atendían a los que con ellos se habían refugiado.
La tempestad arreciaba. El superior del convento P. Manuel Ruiz, se da cuenta de la gravedad del
momento y habla enfervorecido “ Es posible que llegue la hora suprema del sacrificio. Y los
seguidores de Cristo tienen que serlo hasta la muerte. No puede haber claudicaciones“.
Todos parecen animados y electrizados por sus palabras, y todos se dan el abrazo de paz.

SU MARTIRIO Y EL DE SUS COMPAÑEROS
El P. Manuel Ruiz, al ver al enemigo dentro de los muros en los que ellos confiaban, voló a la
Iglesia para sumir el Santísimo que guardaban en el Sagrario y allí en la Iglesia sellará el mejor
testimonio de su fe.
“Prefiero el testimonio de su sangre a una traición que manchara toda mi vida“ diría a los que le
iban a decapitar.
Coloca su cabeza venerable sobre el mantel del Altar y se oye una voz seca “cortad“. El golpe
seco de la cimitarra no se hace esperar y en el Altar queda la cabeza sangrante de aquel mártir de
Cristo, mientras el cuerpo se desplaza sobre el suelo.
Mientras los asesinos repiqueteaban las campanas en señal de victoria, el cuerpo de Manuel
entraba en el coro de los mártires y llegará también un día glorioso en el que el Vicario de Cristo en
la tierra le eleve al honor de los altares.
Era un 10 de Julio de 1860 cuando el P. Manuel Ruiz acababa de celebrar su misa más solemne
en el altar de Damasco. Fueron cientos los que alcanzaron la misma suerte.

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