EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO.pdf

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Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre[40], «hasta encenderlo
mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos los hombres»[41], la virginidad
testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe
preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que buscarlo
como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda su historia, ha
defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del matrimonio, por
razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios[42].
Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace
espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización
de la familia según el designio de Dios.
Los esposos cristianos tienen pues el derecho de esperar de las personas
vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la
muerte. Así como para los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige
sacrificio, mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las
personas vírgenes. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas, debe
edificar la fidelidad de aquéllos[43].
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a aquellos que por
motivos independientes de su voluntad no han podido casarse y han aceptado
posteriormente su situación en espíritu de servicio.
TERCERA PARTE
MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo su
«identidad», lo que «es», sino también su «misión», lo que puede y debe
«hacer». El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar
en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y
existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada
imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡«sé»
lo que «eres»!
Remontarse al «principio» del gesto creador de Dios es una necesidad para la
familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de su
ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el designio divino,
está constituida como «íntima comunidad de vida y de amor»[44], la familia
tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y
amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y redimida,
hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que además
llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el
cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la
familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo
vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo
Señor por la Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación concreta de
tal misión fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo en la
singular riqueza de la misión de la familia y sondear sus múltiples y unitarios
contenidos.
