EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO.pdf

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unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del
carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma[47]—, revelando así
a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de
Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en
efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los
orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la
mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y
exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial confirmada
por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad personal del
hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor»[48].
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por
su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos
personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los
cónyuges y reclaman su indisoluble unidad»[49].
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los
Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos,
en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona
por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la
indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los
esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del
amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien
de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el
designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la
indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor
absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su
Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del
hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece
un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la
«dureza de corazón»[51], sino que también y principalmente pueden compartir
el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así
como el Señor Jesús es el «testigo fiel»[52], es el «sí» de las promesas de
Dios[53] y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional
con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están
llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a
Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los
esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de
toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor:
«lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»[55].
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial
es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de
nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que
