EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO.pdf


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En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el reciente
Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la familia:
1) formación de una comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
I - FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas:
del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes.
Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el
empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el
amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así
también ​sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como
comunidad de personas.​ Cuanto he escrito en la encíclica ​Redemptor hominis
encuentra su originalidad y aplicación privilegiada precisamente en la familia en
cuanto tal: «El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser
incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si
no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no
participa en él vivamente»​[45]​.
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más
amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e hijos,
entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e
impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una
comunión​ cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la​comunidad
conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los
cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son
ya dos, sino una sola carne»​[46]​ y están llamados a crecer continuamente en su
comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la
recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe
entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los
esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por
esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente
humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma,
la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del
matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a
los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen
viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo
místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y
al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una