EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


Vista previa del archivo PDF exhortacin-apostlica-familiaris-consortio-1.pdf


Página 1...59 60 61626371

Vista previa de texto


los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la
vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán
admitirles al uso de los sacramentos.
d) ​Separados y divorciados no casados de nuevo
83. Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrise a
las relaciones interpersonales, etc., pueden conducir dolorosamente el
matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la
separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que
cualquier intento razonable haya sido inútil.
La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge separado,
especialmente si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe
particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda
concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil
situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del perdón,
propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente la vida
conyugal anterior.
Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que
—conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja
implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento
prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida
cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un
particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía
más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin
que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos.
e) ​Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha recurrido al
divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión, obviamente
sin el rito religioso católico. Tratándose de una plaga que, como otras, invade
cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos, el problema debe
afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo han estudiado
expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida para conducir a la salvación a
todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí
mismos a quienes —unidos ya con el vínculo matrimonial sacramental— han
intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto procurará infatigablemente poner
a su disposición los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las
situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han
esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo
injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio
canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda
unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente
seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente
destruido, no había sido nunca válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad
de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad
que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en