EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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vivienda, la irregularidad de relaciones y la grave carencia de cultura no
permiten poder hablar de verdadera familia. Hay otras personas que por motivos
diversos se han quedado solas en el mundo. Sin embargo para todas ellas existe
una «buena nueva de la familia».
Teniendo presentes a los que viven en extrema pobreza, he hablado ya de la
necesidad urgente de trabajar con valentía para encontrar soluciones, también a
nivel político, que permitan ayudarles a superar esta condición inhumana de
postración. Es un deber que incumbe solidariamente a toda la sociedad, pero de
manera especial a las autoridades, por razón de sus cargos y consecuentes
responsabilidades, así como a las familias que deben demostrar gran
comprensión y voluntad de ayuda.
A los que no tienen una familia natural, hay que abrirles todavía más las puertas
de la gran familia que es la Iglesia, la cual se concreta a su vez en la familia
diocesana y parroquial, en las comunidades eclesiales de base o en los
movimientos apostólicos. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es
casa y familia para todos, especialmente para cuantos están fatigados y
cargados​[181]​.
CONCLUSIÓN
86. A vosotros esposos, a vosotros padres y madres de familia.
A vosotros, jóvenes, que sois el futuro y la esperanza de la Iglesia y del mundo,
y seréis los responsables de la familia en el tercer milenio que se acerca.
A vosotros, venerables y queridos hermanos en el Episcopado y en el sacerdocio,
queridos hijos religiosos y religiosas, almas consagradas al Señor, que
testimoniáis a los esposos la realidad última del amor de Dios.
A vosotros, hombres de sentimientos rectos, que por diversas motivaciones os
preocupáis por el futuro de la familia, se dirige con anhelante solicitud mi
pensamiento al final de esta Exhortación Apostólica.
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!
Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad
se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia.
A este respecto, siento el deber de pedir un empeño particular a los hijos de la
Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio maravilloso de
Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés la realidad de la
familia en este tiempo de prueba y de gracia.
Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna concreta
y exigente.
Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades,
promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y
males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa
esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una
forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia
tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de
confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la
misión que Dios le ha confiado: «Es necesario que las familias de nuestro tiempo
vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo»​[182]​.