EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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Corresponde también a los cristianos el deber de ​anunciar con alegría y
convicción la «buena nueva» sobre la familia,​ que tiene absoluta necesidad de
escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras
auténticas que le revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de
su misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.
La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo de su más
íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela de Cristo y
en el de la historia, —interpretada a la luz del Espíritu— no lo impone, sino que
siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin temor, es más,
con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la «buena nueva» conoce el
lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la familia puede llegar a la
plenitud de su ser y a la perfección del amor.
Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a ​colaborar, cordial y
valientemente con todos los hombres de buena voluntad,​ que viven su
responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos se consagran a su bien dentro
de la Iglesia, en su nombre o inspirados por ella, ya sean individuos o grupos,
movimientos o asociaciones, encuentran frecuentemente a su lado personas e
instituciones diversas que trabajan por el mismo ideal. Con fidelidad a los
valores del Evangelio y del hombre, y con respeto a un legítimo pluralismo de
iniciativas, esta colaboración podrá favorecer una promoción más rápida e
integral de la familia.
Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la atención de todos
sobre el cometido pesado pero atractivo de la familia cristiana, deseo invocar la
protección de la Sagrada Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de
Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas. Aquella
familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y silenciosa
en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la
persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y
pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias
del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan
soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las
necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre
ellas.
Que San José, «hombre justo», trabajador incansable, custodio integérrimo de
los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.
Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la
«Iglesia doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda
llegar a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y reviva
el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de
acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a
los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de
cuantos sufren por las dificultades de sus familias.
Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente como en
Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A Él,
en el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia sepa dar