EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la intervención pastoral de
la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase de esfuerzos
para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se desarrolle,
dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la
evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia
doméstica​[165]​.
La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará solamente a las familias
cristianas más cercanas, sino que, ampliando los propios horizontes en la medida
del Corazón de Cristo, se mostrará más viva aún hacia el conjunto de las familias
en general y en particular hacia aquellas que se hallan en situaciones difíciles o
irregulares. Para todas ellas la Iglesia tendrá palabras de verdad, de bondad, de
comprensión, de esperanza, de viva participación en sus dificultades a veces
dramáticas; ofrecerá a todos su ayuda desinteresada, a fin de que puedan
acercarse al modelo de familia, que ha querido el Creador «desde el principio» y
que Cristo ha renovado con su gracia redentora.
La acción pastoral de la Iglesia debe ser progresiva, incluso en el sentido de que
debe seguir a la familia, acompañándola paso a paso en las diversas etapas de
su formación y de su desarrollo.
Preparación
66. En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes
al matrimonio y a la vida familiar. En algunos países siguen siendo las familias
mismas las que, según antiguas usanzas, transmiten a los jóvenes los valores
relativos a la vida matrimonial y familiar mediante una progresiva obra de
educación o iniciación. Pero los cambios que han sobrevenido en casi todas las
sociedades modernas exigen que no sólo la familia, sino también la sociedad y la
Iglesia se comprometan en el esfuerzo de preparar convenientemente a los
jóvenes para las reponsabilidades de su futuro. Muchos fenómenos negativos
que se lamentan hoy en la vida familiar derivan del hecho de que, en las nuevas
situaciones, los jóvenes no sólo pierden de vista la justa jerarquía de valores,
sino que, al no poseer ya criterios seguros de comportamiento, no saben cómo
afrontar y resolver las nuevas dificultades. La experiencia enseña en cambio que
los jóvenes bien preparados para la vida familiar, en general van mejor que los
demás.
Esto vale más aún para el matrimonio cristiano, cuyo influjo se extiende sobre la
santidad de tantos hombres y mujeres. Por esto, la Iglesia debe promover
programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio, para eliminar
lo más posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios, y más aún
para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de matrimonios
logrados.
La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como un proceso gradual
y continuo. En efecto, comporta tres momentos principales: una preparación
remota, una próxima y otra inmediata.
La preparación remota​ comienza desde la infancia, en la juiciosa pedagogía
familiar, orientada a conducir a los niños a descubrirse a sí mismos como seres
dotados de una rica y compleja psicología y de una personalidad particular con
sus fuerzas y debilidades. Es el período en que se imbuye la estima por todo