EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf

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diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la propia vida
y oración.
Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y debe ejercer en
íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las realidades cotidianas de la
vida conyugal y familiar. De esta manera la familia cristiana es llamada a
santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo.
El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de culto
56. Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y para la
familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la
gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la muerte y
resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de nuevo, el
amor conyugal es purificado y santificado: «El Señor se ha dignado sanar este
amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la
caridad»[138].
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del
matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia.
Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo
«permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con
perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por
ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado,
están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya
virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo,
que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su
propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la
glorificación de Dios»[139].
La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres
cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y traducida
concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y
familiar[140]. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda
espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la
creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo, de los que se
ha ocupado en más de una ocasión el Sínodo.
El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que «están ordenados a la
santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en
definitiva, a dar culto a Dios»[141], es en sí mismo un acto litúrgico de
glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges
cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da de poder
revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios por los
hombres y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir
cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también
la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo
sacrificio espiritual[142]. También a los esposos y padres cristianos, de modo
especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se
aplican las palabras del Concilio: «También los laicos, como adoradores que en
todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios»[143].
