EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf

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familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es
transmitido y desde donde éste se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la
misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los
hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo
Evangelio profundamente vivido... Una familia así se hace evangelizadora de
otras muchas familias y del ambiente en que ella vive»[123].
Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi llamada lanzada en Puebla, la futura
evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica[124]. Esta misión
apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con la gracia
sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe, para
santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios.
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de
la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del
amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón: «La familia
cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios
como la esperanza de la vida bienaventurada»[125].
La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular fuerza en
determinadas situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en diversos
lugares: «En los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso
impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado
el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una verdadera
creencia religiosa, la Iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los
jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis»[126].
Un servicio eclesial
53. El ministerio de evangelización de los padres cristianos es original e
insustituible y asume las características típicas de la vida familiar, hecha, como
debería estar, de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano[127].
La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla
en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios.
Efectivamente, la familia que está abierta a los valores transcendentes, que sirve
a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones
y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la cruz gloriosa de
Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de vocaciones a la vida
consagrada al Reino de Dios.
El ministerio de evangelización y catequesis de los padres debe acompañar la
vida de los hijos también durante su adolescencia y juventud, cuando ellos,
como sucede con frecuencia, contestan o incluso rechazan la fe cristiana recibida
en los primeros años de su vida. Y así como en la Iglesia no se puede separar la
obra de evangelización del sufrimiento del apóstol, así también en la familia
cristiana los padres deben afrontar con valentía y gran serenidad de espíritu las
dificultades que halla a veces en los mismos hijos su ministerio de
evangelización.
No hay que olvidar que el servicio llevado a cabo por los cónyuges y padres
cristianos en favor del Evangelio es esencialmente un servicio eclesial, es decir,
que se realiza en el contexto de la Iglesia entera en cuanto comunidad
