EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf

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con la celebración de los sacramentos, la Iglesia enriquece y corrobora a la
familia cristiana con la gracia de Cristo, en orden a su santificación para la gloria
del Padre; con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la caridad,
la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al servicio del amor, para que imite y
reviva el mismo amor de donación y sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia
toda la humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio de la
Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación que es propia de la
Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del sacramento, «poseen su
propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida»[115]. Por
eso no sólo «reciben» el amor de Cristo, convirtiéndose en comunidad
«salvada», sino que están también llamados a «transmitir» a los hermanos el
mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad «salvadora». De esta manera,
a la vez que es fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la Iglesia, la
familia cristiana se hace símbolo, testimonio y participación de la maternidad de
la Iglesia[116].
Un cometido eclesial propio y original
50. La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la
misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo a servicio de
la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de
vida y de amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo
mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia debe
realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en
cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su servicio a la
Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe «un corazón y un alma sola»[117],
mediante el común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que los
empeña en las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante esas
mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición de vida. Es por
ello en el amor conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria riqueza de
valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad[118]— donde
se expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la misión profética,
sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida constituyen por
lo tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia cristiana en la Iglesia y para
la Iglesia.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: «La familia hará partícipes a
otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la
familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y
participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos
la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la
Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los
esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros»[119].
Puesto así el fundamento de la participación de la familia cristiana en la misión
eclesial, hay que poner de manifiesto ahora su contenido en la triple unitaria
referencia a Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia
