EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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41. El amor conyugal fecundo se expresa en un servicio a la vida que tiene
muchas formas, de las cuales la generación y la educación son las más
inmediatas, propias e insustituibles. En realidad, cada acto de verdadero amor al
hombre testimonia y perfecciona la fecundidad espiritual de la familia, porque es
obediencia al dinamismo interior y profundo del amor, como donación de sí
mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la experiencia de la esterilidad física,
deberán orientarse hacia esta perspectiva, rica para todos en valor y exigencias.
Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los hombres como hijos
del Padre común de los cielos, irán generosamente al encuentro de los hijos de
otras familias, sosteniéndoles y amándoles no como extraños, sino como
miembros de la única familia de los hijos de Dios. Los padres cristianos podrán
así ensanchar su amor más allá de los vínculos de la carne y de la sangre,
estrechando esos lazos que se basan en el espíritu y que se desarrollan en el
servicio concreto a los hijos de otras familias, a menudo necesitados incluso de
lo más necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor disponibilidad a la adopción y acogida
de aquellos hijos que están privados de sus padres o abandonados por éstos.
Mientras esos niños, encontrando el calor afectivo de una familia, pueden
experimentar la cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por los
padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza en la vida, la familia
entera se enriquecerá con los valores espirituales de una fraternidad más
amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su incesante «creatividad», fruto
maravilloso del Espíritu de Dios, que abre el corazón para descubrir las nuevas
necesidades y sufrimientos de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para
asumirlas y darles respuesta. En este marco se presenta a las familias un vasto
campo de acción; en efecto, todavía más preocupante que el abandono de los
niños es hoy el fenómeno de la marginación social y cultural, que afecta
duramente a los ancianos, a los enfermos, a los minusválidos, a los drogadictos,
a los excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el horizonte de la paternidad y
maternidad de las familias cristianas; un reto para su amor espiritualmente
fecundo viene de estas y tantas otras urgencias de nuestro tiempo. Con las
familias y por medio de ellas, el Señor Jesús sigue teniendo «compasión» de las
multitudes.
III - PARTICIPACIÓN EN EL DESARROLLO DE LA SOCIEDAD
La familia, célula primera y vital de la sociedad
42. «El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y
fundamento de la sociedad humana»; la familia es por ello la «célula primera y
vital de la sociedad»​[105]​.
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque constituye
su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida. En
efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera
escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de
la sociedad misma.