EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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en el sacramento del matrimonio, que los consagra a la educación propiamente
cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la misma autoridad y del
mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del amor materno de la
Iglesia, y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del
Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la dignidad y la llamada
a ser un verdadero y propio «ministerio» de la Iglesia al servicio de la edificación
de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de
los padres cristianos, que santo Tomás no duda en compararlo con el ministerio
de los sacerdotes: «Algunos propagan y conservan la vida espiritual con un
ministerio únicamente espiritual: es la tarea del sacramento del orden; otros
hacen esto respecto de la vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con
el sacramento del ​matrimonio,​ en el que el hombre y la mujer se unen para
engendrar la prole y educarla en el culto a Dios»​[101]​.
La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento del
matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y
confianza al servizio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse
responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos.
Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia doméstica por la Palabra
y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los padres cristianos propongan a los
hijos todos los contenidos que son necesarios para la maduración gradual de su
personalidad desde un punto de vista cristiano y eclesial. Seguirán pues las
líneas educativas recordadas anteriormente, procurando mostrar a los hijos a
cuán profundos significados conducen la fe y la caridad de Jesucristo. Además, la
conciencia de que el Señor confía a ellos el crecimiento de un hijo de Dios, de un
hermano de Cristo, de un templo del Espíritu Santo, de un miembro de la
Iglesia, alentará a los padres cristianos en su tarea de afianzar en el alma de los
hijos el don de la gracia divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el contenido de la educación cristiana: «La cual
no persigue solamente la madurez propia de la persona humana... sino que
busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del
don recibido de la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del
misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en espíritu y en verdad
(cf. ​Jn​ 4, 23), ante todo en la acción litúrgica, formándose para vivir según el
hombre nuevo en justicia y santidad de verdad (​Ef​ 4, 22-24), y así lleguen al
hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo (cf. ​Ef​ 4, 13), y contribuyan
al crecimiento del Cuerpo místico. Conscientes, además, de su vocación,
acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza que hay en ellos (cf. ​1 Pe​ 3,
15) y a ayudar a la configuración cristiana del mundo»​[102]​.(
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando la línea conciliar ha presentado la
misión educativa de la familia cristiana como un verdadero ministerio, por medio
del cual se transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida
de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y escuela