EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf

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responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo
significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de la comunión
conyugal, como también vivir el amor personal en su exigencia de fidelidad. En
este contexto la pareja experimenta que la comunión conyugal es enriquecida
por aquellos valores de ternura y afectividad, que constituyen el alma profunda
de la sexualidad humana, incluso en su dimensión física. De este modo la
sexualidad es respetada y promovida en su dimensión verdadera y plenamente
humana, no «usada» en cambio como un «objeto» que, rompiendo la unidad
personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama
más profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como
Maestra y Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la
transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni
la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se
refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia
interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad,
sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se
encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral; conoce
bien su situación, a menudo muy ardua y a veces verdaderamente atormentada
por dificultades de todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe
que muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la realización concreta,
sino también para la misma comprensión de los valores inherentes a la norma
moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia no
cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades
conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamas la verdad. En
efecto, está convencida de que no puede haber verdadera contradicción entre la
ley divina de la transmisión de la vida y la de favorecer el auténtico amor
conyugal[91]. Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre
unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma
persuasión de mi predecesor: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de
Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas»[92].
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo y su sabiduría
solamente desarrollando un compromiso tenaz y valiente en crear y sostener
todas aquellas condiciones humanas —psicológicas, morales y espirituales— que
son indispensables para comprender y vivir el valor y la norma moral.
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la constancia y la
paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza filial en Dios y en su
gracia, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de
la reconciliación[93]. Confortados así, los esposos cristianos podrán mantener
viva la conciencia de la influencia singular que la gracia del sacramento del
matrimonio ejerce sobre todas las realidades de la vida conyugal, y por
consiguiente también sobre su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y
