EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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32. En el contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso pierde el
verdadero significado de la sexualidad humana, porque la desarraiga de su
referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su misión de
presentar la sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón y
mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que «cuando se
trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la
índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y
apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con ​criterios objetivos,
tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos​, criterios que mantienen
íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos
con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de
la castidad conyugal»​[86]​.
Es precisamente partiendo de la «visión integral del hombre y de su vocación, no
sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna»​[87]​, por lo que Pablo
VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia «está fundada sobre la inseparable
conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia
iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el
significado procreador»​[88]​. Y concluyó recalcando que hay que excluir, como
intrínsecamente deshonesta, «toda acción que, o en previsión del acto conyugal,
o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se
proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación»​[89]​.
Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan estos
dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer
y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como «árbitros» del
designio divino y «manipulan» y envilecen la sexualidad humana, y con ella la
propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación «total». Así, al
lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el
anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir,
el de no darse al otro totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de la
apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor
conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de infecundidad,
respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la
sexualidad humana, se comportan como «ministros» del designio de Dios y «se
sirven» de la sexualidad según el dinamismo original de la donación «total», sin
manipulaciones ni alteraciones​[90]​.
A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de los datos de
las diversas ciencias humanas, la reflexión teológica puede captar y está llamada
a profundizar ​la diferencia antropológica y al mismo tiempo moral,​ que existe
entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se trata de una
diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y
que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la
sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos naturales
comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir de la mujer, y con
esto la aceptación también del diálogo, del respeto recíproco, de la