EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf

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la misión especial de custodiar y proteger la altísima dignidad del matrimonio y
la gravísima responsabilidad de la transmisión de la vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de la comunidad eclesial a través de la
historia, el reciente Concilio Vaticano II y el magisterio de mi predecesor Pablo
VI, expresado sobre todo en la encíclica Humanae vitae, han transmitido a
nuestro tiempo un anuncio verdaderamente profético, que reafirma y propone de
nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la
Iglesia sobre el matrimonio y sobre la transmisión de la vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon textualmente:
«Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el sucesor de Pedro,
mantiene firmemente lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr.
Gaudium et spes, 50) y después en la encíclica Humanae vitae, y en concreto,
que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una
nueva vida (Humanae vitae, n. 11 y cfr. 9 y 12)»[83].
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural
que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para
promover el verdadero bien del hombre y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo
acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla
solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también
una angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es
un bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a otros
a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel, cuyos
terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos
destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los cuales
imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía, cautivos
como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un
continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por
consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón
última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de
Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y
los puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality) , como se ve en
muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto pánico derivado
de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la demografía, que a veces
exageran el peligro que representa el incremento demográfico para la calidad de
la vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es
siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el
egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada
vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel «Amén» que
es Cristo mismo[84]. Al «no» que invade y aflige al mundo, contrapone este
«Sí» viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos
acechan y rebajan la vida.
