EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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inútil, el anciano permanece inserido en la vida familiar, sigue tomando parte
activa y responsable —aun debiendo respetar la autonomía de la nueva familia—
y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo del pasado e inspirador de
sabiduría para los jóvenes y para el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un desordenado
desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los ancianos a
formas inaceptables de marginación, que son fuente a la vez de agudos
sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para tantas
familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a todos a descubrir y a
valorar los cometidos de los ancianos en la comunidad civil y eclesial, y en
particular en la familia. En realidad, «la vida de los ancianos ayuda a clarificar la
escala de valores humanos; hace ver la continuidad de las generaciones y
demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de Dios. Los
ancianos tienen además el carisma de romper las barreras entre las
generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos niños han hallado
comprensión y amor en los ojos, palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta
gente mayor no ha subscrito con agrado las palabras inspiradas "la corona de los
ancianos son los hijos de sus hijos" (​Prov​ 17, 6)!»​[79]​.
II - SERVICIO A LA VIDA
1) ​La transmisión de la vida.
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza,
corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial
participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre,
mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida
humana: «Y bendíjolos Dios y les dijo: " Sed fecundos y multiplicaos y henchid la
tierra y sometedla"»​[80]​.
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo
largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la
generación la imagen divina de hombre a hombre​[81]​.
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la
entrega plena y recíproca de los esposos: «El cultivo auténtico del amor
conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de
lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para
cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien
por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia familia»​[82]​.
La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la sola procreación
de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión específicamente humana: se
amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y
sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por
medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es una participación singular en
el misterio de la vida y del amor de Dios mismo, la Iglesia sabe que ha recibido