EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no
hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús»​[65]​.
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del amplio y complejo
tema de las relaciones mujer-sociedad, sino limitándonos a algunos puntos
esenciales, no se puede dejar de observar cómo en el campo más
específicamente familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha
querido reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin abrirla
adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer
justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas. Por otra
parte, la verdadera promoción de la mujer exige también que sea claramente
reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás
funciones públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales funciones y
profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere que la evolución social y
cultural sea verdadera y plenamente humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una renovada «teología
del trabajo» ilumina y profundiza el significado del mismo en la vida cristiana y
determina el vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la familia, y por
consiguiente el significado original e insustituible del trabajo de la casa y la
educación de los hijos​[66]​. Por ello la Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad
actual, pidiendo incansablemente que el trabajo de la mujer en casa sea
reconocido por todos y estimado por su valor insustituible. Esto tiene una
importancia especial en la acción educativa; en efecto, se elimina la raíz misma
de la posible discriminación entre los diversos trabajos y profesiones cuando
resulta claramente que todos y en todos los sectores se empeñan con idéntico
derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así más espléndida la imagen de
Dios en el hombre y en la mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de
acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo
estructurarse de manera tal que las esposas y madres ​no sean de hecho
obligadas​ a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar
dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de la mujer deriva
más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige que los
hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su
dignidad personal, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones adecuadas
para el trabajo doméstico.
La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del hombre y de la
mujer, debe promover en la medida de lo posible en su misma vida su igualdad
de derechos y de dignidad; y esto por el bien de todos, de la familia, de la
sociedad y de la Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer la renuncia a
su feminidad ni la imitación del carácter masculino, sino la plenitud de la
verdadera humanidad femenina tal como debe expresarse en su