EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf

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verdaderamente responsable, y también si los padres mantienen viva la
conciencia del «don» que continuamente reciben de los hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran
espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de
todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación.
Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los
conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión:
de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al
mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz a hacer la
experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de la comunión
reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la participación
en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del único Cuerpo de Cristo
ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división
y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por Dios, respondiendo
así al vivísimo deseo del Señor: que todos «sean una sola cosa»[62].
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de
personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger,
respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de
personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado
justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las
relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y
vocación de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el
don sincero de sí mismas[63].
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención privilegiada a la
mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la sociedad. En la misma
perspectiva deben considerarse también el hombre como esposo y padre, el niño
y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad
respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en
la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del
matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es
revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la salvación
es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer»[64], Dios da la dignidad personal de igual
modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos inalienables y
con las responsabilidades que son propias de la persona humana. Dios
manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la mujer
asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra
como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de
la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su
seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que
a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva
de la Resurrección a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial
del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: «Todos, pues, sois hijos de
