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La puerta vedada
me buscan, los sonidos de la naturaleza que recojo en
las noches, bajo, la luna llena.
Es la primera que viene a diario a platicar conmigo,
solamente tiene siete años y unos ojos negros llenos
de bondad; la única que trae escondida una ración
de comida para mí, su mejor amigo; una ración de
afecto que no traje en mi equipaje cuando llegué
a este pueblo. Porque quiero que sepas que de allá
me echaron con violencia. Me quitaron el sueño.
Allá, donde salí sabe Dios desde cuándo, no existe
la sonrisa; están pendientes de inventar nuevas leyes,
gestionando más muertes, generando su política
todopoderosa, olvidando la felicidad de un día bien
vivido. Se les envenenó el entusiasmo y se quedaron
así, sin sonreír. Casi enmudecieron sus gargantas para
no cantar porque para ellos era perder el tiempo; con
envidia, encerraron a los pájaros para matar su canto;
tiraron los árboles y pusieron horribles monumentos
dedicados al ego y a la frivolidad.
Y yo no puedo estar sin sonreír. Tengo tantos motivos
para hacerlo: para regalarles a los niños mi gesto, ellos
lo necesitan. Aquí también ya casi están olvidando
cuál es la receta para mover los músculos que forman
la alegría; también casi olvidan el canto de los pájaros,
porque en su casa, los patios son larguísimas planchas
de cemento con plantas artificiales, para disimular la
angustia de las abejas en busca de polen. Por eso,
desde que me di cuenta, recojo por las noches los
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