LA PUERTA VEDADA (CUENTOS).pdf

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Clara del Carmen Guillén
sin fin, sin ella, pero, es, camino que se afianza, y
echo a andar; mis zapatos son el anotador puntual de
los tantos kilómetros recorridos a pie nocturno, mira
lo desgastados que están, pero no importa, disfruto
el canto de las estrellas, su manto que me cubre;
escucho el llanto triste del arroyo; me perturba que
alguien interrumpa su letanía, su letargo, su protesta
ambulante. Él me cuenta la historia aquella de los
pájaros que bebían su agua limpia en la época de la
prehisteria, en la época dulce de los niños subiéndose
a su espalda y sumergiéndose en el oxígeno limpio de
su cuerpo.
Eran noches catárticas, noches mías, noches después
de ella, que se fue desvaneciendo de mi vista poco
a poco y me dejó solo, sin su imagen, aquí, en este
constante caminar bajo la luna.
Frente a donde extiendo la cobija que acarreo conmigo,
vive una niña, Cristina, mi amiga. Siempre vuelvo
a ese lugar después del constante viaje nocturno;
aunque no me canso ni busco dormir porque no me
fue dada la maravilla de aislarme de esta realidad
cerrando los ojos, no olvido la costumbre de recostar
mi cuerpo. No sueño, porque se necesita estar
dormido para soñar; pero no me explico entonces por
qué vivo de sueños y entre sueños. Posiblemente es
verdad lo que gritan algunos: estoy loco, creo que sí,
porque invento para mí, lo que para otros no existe,
porque quiero darle a Cristina y a todos los niños que
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