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La puerta vedada
II
Cuando era niño sentía que volaba junto con su
papalote; que era él mismo elevándose, convirtiéndose
en papel y madera. Veía desde lo alto cómo su mano
sostenía el hilo; la veía lejana, pues su cuerpo, el
resto, era el papalote. Veía los campos, las flores
pequeñísimas, las casas y sus tejados en miniatura.
Volaba alto, muy alto y su mano soltaba más y más
el hilo, hasta que creció y la necesidad y la muerte de
sus padres siendo un adolescente, lo trajeron a esta
enorme ciudad, donde es imposible elevar sueños:
más fácil es caer preso de la realidad pasmosa, turbia,
como las calles en las que a diario deja huellas y
tiempo; su calle, donde decidió detenerse y vender lo
que su ingenio le indica.
Todo el día rodeado de pasos y voces lo hacen olvidar
su soledad o al menos ignorarla; aunque le pesa saberse
solo, completamente solo, desde que abre los ojos al
día, hasta que anochece: nadie con quien compartir
penas, nadie con quien hablar sobre esa desazón que
lo ahoga, respecto a ese sentimiento de culpa que
no muere y no morirá, lo sabe por la forma en que
le entró el amor a bocajarro y se convirtió en una
sombra, que ofrece milagros, esoterismo, esperanzas;
la sombra que hoy, tras su voz de merolico, se esconde
con sus remordimientos y su inmenso amor oculto,
silencioso, inaudito.
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