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Clara del Carmen Guillén

III
Se levantó temprano. Caminar diariamente por las
calles cuando casi todos están dormidos, es una
costumbre que para ella es ley, así que este día se da
el tiempo suficiente para contemplar las baratijas que
los vendedores ambulantes ofrecen en el centro de la
ciudad. No lleva la prisa propia de todo trabajador
de las grandes ciudades que checa tarjeta o firma la
entrada a su trabajo, pues aún es muy temprano.
Recorre uno a uno los puestos: joyería de plata y
fantasía; juguetes, flores artificiales. Ve al merolico
que vende productos esotéricos. Le atraen los diversos
colores de los líquidos, los aromas. Ahí se detiene.
Él la ve y su rostro palidece; su corazón se
transtorna, acelera su ritmo. Ella en esa calle, frente
a él, preguntándole por cierta esencia milagrosa para
enfermos del alma. Ella, tocando los collares, oliendo
las pócimas, ignorándolo, como si nunca lo hubiera
visto, como si no hubiera besado su cuerpo entero,
palmo a palmo, como si no hubiese sido suya aquella
noche. Deseó ser el papalote de su niñez y volar
hasta perderse. Verla, sí, pero desde lo alto, para no
alcanzar su aroma, su mirada, su voz preguntando –
para qué sirve este collar, y este bálsamo–. Pidiendo
–una buena receta para olvidar momentos difíciles–,
única frase que dice con un dejo depresivo. La única

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