El Cid Campeador Simplemente Rodrigo 5C.pdf

Vista previa de texto
—Para lo que necesite, don Rodrigo —responde la joven, esbozando una
sonrisa un poco picarona.
—Bueno, Sancho, pues cuando quieras, podemos partir hacia mi casa.
—¿Cómo que cuando quiera? ¡Llevo ni se sabe el tiempo esperándote
para partir! Anda, vamos, que mira que eres pesado.
Las dos leguas que separan Burgos de Vivar se me están haciendo
eternas y eso que no vamos a mal paso. Voy ataviado con las mejores galas
que permitían la monta a caballo y una capa blanca. La espada de mi padre
colgada al cinto y a ambos lados del caballo llevo mi escudo con los
castillos y los leones así como mi yelmo.
Llegamos a Vivar, los chiquillos se aproximan corriendo al ver la
comitiva. Sancho llamó a seis jinetes para acompañarnos y van con los
estandartes del príncipe. El mismo príncipe también lleva unas buenas galas
que indican claramente su posición. Lleva su túnica con el escudo en el
pecho.
Los adultos, al verme pasar, me saludan con la mano. Creo que algunos
me han reconocido. Llego a casa. Hay gente trabajando a su alrededor. A
algunos les conozco y a otros no. Han pasado unos cuantos años. Nos
bajamos de los caballos y nos acercamos a la puerta. Está cerrada y la
golpeo con los nudillos.
Dentro se oye la voz de mi madre:
—¡Qué pesados! ¿No sabéis hacer nada sin preguntarme? ¿Ya habéis
terminado con las cochiqueras? —y abre la puerta.
—Hola, madre.
—¡Hijo! —se le llenan los ojos de lágrimas—. ¡Hijo mío! —se abalanza
39
