El Cid Campeador Simplemente Rodrigo 5C.pdf

Vista previa de texto
caballos y pasamos al interior. Sancho les indica que deseamos lavarnos y
que, posteriormente, pasaríamos al salón a cenar. Todos se desviven para
atender al príncipe.
Después del baño y la cena, me dirijo a la habitación asignada. Tengo
prisa por dormirme lo antes posible y que llegue el día de mañana. ¿Qué tal
estará mi madre?
—¡Rodrigo! ¿Qué pasa? ¿No tenias tantas prisas por partir hacia Vivar?
Parece mentira que sea yo el que tenga que despertarte. Ja, ja, ja, —está
Sancho zarandeándome, mientras intento abrir los ojos. Yo no sé de dónde
saca las fuerzas mi amigo. Siempre viviendo deprisa. ¡Ni que se fuese a
morir pronto!
—Vale, vale, Sancho. Ya voy. Me costó un poco dormirme, ya que los
nervios me tuvieron en vilo un buen rato y ahora me pasa factura. Ya me
levanto. Me echaré la palancana por la cabeza y estaré como nuevo. —No
sé si lo digo o lo balbuceo. Tengo los ojos pegados y no los puedo abrir.
Reconozco a mi buen amigo por la voz, no porque lo vea.
Una vez que consigo levantarme, me dirijo a la palancana y me refresco
la cara. Parece que voy consiguiendo que mis ojos se vayan despegando
poco a poco. Cojo más agua y me mojo la nuca después de apartar mi largo
pelo. Tengo que peinarme un poco. ¡Vaya pelos que tengo! Solicito a una de
las sirvientas que haga el favor de peinarme. Trae un peine de largas púas y
estando yo sentado, me lo empieza a desenredar. No quiero presentarme a
mi madre con esta pinta.
—Gracias por tu servicio —muestro mi mejor sonrisa a la joven
sirvienta
38
