El Cid Campeador Simplemente Rodrigo 5C.pdf

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que un príncipe se presente, y menos sin previo aviso, pero pronto todo
vuelve a la normalidad. Nos dan alojamiento y una monástica cena. El
abad no sólo es amable, sino que se desvive por nosotros, siempre dentro de
la austeridad que puede ofrecer un monasterio de estas características. Cabe
destacar la crema de puerros que cultivan los mismos monjes a la orilla del
río Cea. También nos ofrecen ricos guisos de lentejas y garbanzos así como
la posibilidad, que rehusamos, de que nos preparasen unas ancas de rana o
unos caracoles que parecen ser, según ellos, un exquisito manjar. Entre las
lentejas y los garbanzos, asoma algún trozo de cordero, así que no falta una
ración de carne en la cena. Mejor algo de cordero que ranas y caracoles.
—Ay, Rodrigo, que casi se me revuelven las tripas cuando va el abad y
nos ofrece comer ranas y caracoles. Ja, ja, ja. ¡Qué costumbres más raras
tienen en algunos lugares! Quizás las hayan traído antaño, cuando hace
años vinieron del sur los monjes que volvieron a poner en marcha el
monasterio. Dicen que por allá, por el sur, se guisan los caracoles y los
consideran un rico manjar —Sancho pone cara de asco y saca la lengua,
mientras simula una arcada.
—Calla, calla que a mí me pasó lo mismo. ¿Cómo se pueden comer esos
bichos que se arrastran por el suelo dejando esa baba? ¡Aj!. No me puedo ni
imaginar meterme eso en la boca —mi cara muestra, con toda seguridad, el
asco que estoy sintiendo—. Y ¡ranas! Les cortan las patas y se las comen.
Prefiero dejar el tema, Sancho. Esto no va a acabar bien.
—Ja, ja, ja. Rodrigo, pues descansa bien, si es que puedes, que ya sabes
como son los catres de los monasterios. Yo me tengo que pensar si echarme
en uno de esos catres que nos han ofrecido o tirarme al suelo, que lo mismo
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