El Cid Campeador Simplemente Rodrigo 5C.pdf


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de cadáveres de sus compañeros. Les miro, grito, aprieto los dientes y me
lanzo hacia varios de ellos. Pongo la espada en alto amenazándoles. Salen
despavoridos.
Suenan cuernos en el campo aragonés, son sonidos de retirada. El rey
aragonés, Ramiro, ha sido herido de muerte. Las tropas aragonesas se
retiran hacia su retaguardia a la carrera. ¡Hemos ganado la batalla!
Parece ser que un morisco disfrazado de castellano se ha acercado a
Ramiro hasta llegar junto a él. El morisco con armadura y yelmo sólo
dejaba ver sus ojos y, en un descuido del rey, le ha clavado su lanza en un
ojo. El rey había caído al suelo herido de muerte y el atacante empezó a
gritar: «¡El rey ha muerto! ¡El rey ha muerto!».
Busco a Sancho a mi alrededor. Cuando le diviso, observo que también
le habían derribado de su caballo. Al igual que a mí, no se le veía el metal
de sus defensas, ya que está todo cubierto de sangre y sudor. Lo encuentro
apoyado en su espada, tan exhausto como yo. Nos abrazamos.
Sancho levanta la espada y grita:
—¡Victoria! —y, al unísono, los castellanos lanzan el mismo grito.
Buscamos nuestras monturas con la esperanza de que sigan en este
mundo. Casualmente, localizamos a nuestros caballos, que siguen vivos, y
nos subimos a ellos después de acariciarlos durante un rato para que se
tranquilizaran. Sancho, en mi compañía y la de sus oficiales, encabeza la
marcha hacia el campamento aragonés. Los soldados, que antes tenían
sitiada la fortaleza de Graus, se encuentran con una rodilla en el suelo, sin
sus armas, con la cabeza gacha, mientras pasamos delante suyo.
Sancho se dirige hacia la tienda real. Yo me quedo en puertas. Allí está el
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