El Cid Campeador Simplemente Rodrigo 5C.pdf


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rey Ramiro, tumbado en su camastro, con la cara totalmente desfigurada y
llena de sangre. No está muerto, pero tardará pocas horas en morir.
Mi amigo, subido a una gran piedra, se dirige a los aragoneses:
—¡Aragoneses! Vuestro rey está fatalmente herido. Recoged vuestras
pertenencias y abandonad estas tierras. Llevad a vuestro rey con vosotros y
así poder darle cristiana sepultura. Recordad que estas tierras están
protegidas por Fernando, rey de Castilla y León, y nunca permitirá que sean
ocupadas por ejército enemigo alguno. Dad mis condolencias a la familia
real aragonesa por la muerte de mi tío.
Se oyen gritos de júbilo dentro de las murallas de la ciudad de Graus.
Llevaban mucho tiempo asediados y, probablemente, no les quedaba mucho
tiempo para haber claudicado, permitiendo la entrada de las tropas
aragonesas.
Los integrantes del ejército de Aragón parten y dejan montado su
campamento. Aprovechamos las infraestructuras dejadas para que nuestros
soldados se puedan acomodar y tener un sitio donde reposar cómodamente
durante unos días. Llevan casi un mes de viaje más una dura y encarnizada
batalla, por lo que necesitan y se merecen un descanso.
Los monjes, que nos han acompañado en la travesía, con sus viejas
túnicas y una cruz en la mano, van por el campo de batalla parándose en
cada caído y rezando sus plegarias. Ya hay algunos cuervos posados en los
cadáveres picando sus ojos y arrancándoselos de cuajo. Triste imagen.
Mucho me hará pensar en los próximos días todo lo sucedido.
Sancho, sus oficiales principales y yo mismo nos alojamos en la ciudad.
Somos agasajados por los anfitriones que están sumamente agradecidos por
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