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EL ACTO PERSONAL DE SER, Y SU RELACIÓN A DIOS

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que sea imposible también que la forma subsistente deje de ser”30. El alma
humana, como forma subsistente, es por tanto indestructible.
El alma espiritual es, para Cardona, “lo radicalmente característico de la
persona y lo que la diferencia abismalmente de un simple individuo de una
naturaleza material”31. El alma es lo característico, pero no se identifica con
la persona. Para ser una naturaleza humana completa, el alma necesita
informar un cuerpo: no lo necesita para subsistir, sino que su esencia pide
informar un cuerpo para formar un ser humano completo. El alma no es la
hipóstasis, la unión de la forma del hombre con la materia, luego no es
propiamente persona.

2. La libertad como elemento distintivo de la persona
La clave de la argumentación sobre el alma humana está en las
operaciones inmateriales que realiza, por ser lo distintivo del ser humano
respecto de otros animados. Santo Tomás centra sus argumentos en el
conocimiento intelectual, como en este texto citado por Cardona: el alma
humana “no sólo recibe las especies inteligibles sin materia y sin las
condiciones de la materia, sino que, además, en su operación propia de
entender, no participa órgano corporal alguno: no hay un órgano para
entender, al modo como el ojo es el órgano para ver. Por tanto, el alma
intelectiva actúa por sí misma en cuanto tiene una operación propia en la

30

“Unde animae brutorum corrumpuntur, corruptis corporibus, anima autem
humana non posset corrumpi, nisi per se corrumperetur. Quod quidem omnino
est impossibile non solum de ipsa, sed de quolibet subsistente quod est forma
tantum. Manifestum est enim quod id quod secundum se convenit alicui, est
inseparabile ab ipso. Esse autem per se convenit formae, quae est actus. Unde
materia secundum hoc acquirit esse in actu, quod acquirit formam, secundum
hoc autem accidit in ea corruptio, quod separatur forma ab ea. Impossibile est
autem quod forma separetur a seipsa. Unde impossibile est quod forma
subsistens desinat esse”. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I, q.75, a.6.

31

C. CARDONA, Metafísica del bien y del mal, cit., p. 89