El amor personal en Carlos Cardona.pdf

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CAPÍTULO II
La inmortalidad del alma humana es una consecuencia de lo dicho hasta
ahora, pues una forma subsistente es indestructible. Un viviente se
corrompe si pierde la forma, cuando el cuerpo pierde la potencialidad
adecuada respecto a esa forma concreta. Entonces esa materia, antes cuerpo
de un ser animado, pasa a estar informada por otra forma no animada. No
se corrompe la forma, sino el sujeto subsistente. Como el ser pertenecía al
subsistente —al sujeto—, y no a una de las partes, la forma desaparece, y la
materia recibe otra u otras formas.
“Esa corrupción o pérdida del ser del compuesto afecta a la forma o
alma, cuando ésta no tiene el ser por sí, sino como forma de aquella
materia” 28 . Sin embargo, una forma subsistente no desaparece con la
disgregación del cuerpo, pues “donde no hay composición de forma y
materia no puede haber separación de ambas, como tampoco corrupción”29.
Cuando el cuerpo que era informado pierde la potencialidad adecuada
respecto a la forma, se produce la disgregación (muerte del compuesto),
pero el alma continúa subsistiendo. “Las almas de los animales irracionales
se corrompen al corromperse los cuerpos. En cambio, el alma humana no
puede corromperse a no ser que se corrompiera sustancialmente. Esto es
imposible no sólo con respecto al alma, sino con respecto a cualquier ser
subsistente que sea sólo forma. Ya que es evidente que lo que le corresponde a alguien sustancialmente, le es inseparable. El ser corresponde
sustancialmente a la forma, que es acto. De ahí que la materia adquiera el
ser en acto en cuanto adquiere la forma. Se corromperá cuando la forma
desaparezca. Pero es imposible que la forma se separe de sí misma. De ahí
quod est totius compositi, est etiam ipsius animae. Quod non accidit in aliis
formis, quae non sunt subsistentes. Et propter hoc anima humana remanet in
suo esse, destructo corpore, non autem aliae formae”. TOMÁS DE AQUINO,
Summa Theologiae, I, q.76, a.1, ad 5
28
C. CARDONA, Metafísica de la opción intelectual, cit., p. 81
29
“Ubi autem non est compositio formae et materiae, ibi non potest esse separatio
earundem. Igitur nec corruptio”. TOMÁS DE AQUINO, Contra Gentiles, 2, 55, 2.
