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EL AMOR CREADOR

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una cosa en cuanto más grande es el número de sus relaciones concomitantes, pues su potencia es menos limitada cuando es más simple y por tanto
más se extiende su causalidad”96. La misma esencia de la relación permite
que se dé esa referencia a algo sin que ese algo sufra necesariamente un
cambio.
La distinción entre esencia y acto de ser también afecta a la relación. “En
el ámbito de lo creado, la distinción real entre esencia y acto de ser domina
soberana en todo, en cualquier género o predicamento”97. Acabamos de ver
que la particularidad de la esencia de la relación consiste en ser hacia otro.
Ahora bien, en cuanto accidente, el ser de la relación radica en la sustancia:
no tiene ser propio. Sólo en Dios, donde Esencia y Ser se identifican, puede
la relación constituir una realidad subsistente. En el resto de seres,
participados, cada relación es un accidente que participa del ser del sujeto.
El estudio del ser de la relación tiene particular importancia en el tratado
sobre las Personas divinas. “El misterio sobrenatural de la Trinidad llevó a
la metafísica a una especialísima profundidad en el estudio de la naturaleza
de la relación”98, porque dentro de la Trinidad las relaciones subsistentes
constituyen las Personas divinas: no son un accidente —que no pueden
darse en la sustancia simplicísima— sino la misma esencia99. Este interés
teológico por ahondar en el conocimiento de Dios impulsó el estudio
filosófico del ser de la relación.
Como ya se ha dicho, en las criaturas la realidad de la relación es
accidental. Al tratarse de un accidente, su ser depende del ser del sujeto. La

96

“Ex hoc autem apparet quod non est contra rationem simplicitatis alicuius
multitudo relationum quae est inter ipsum et alia; immo quanto simplicius est
tanto concomitantur ipsum plures relationes. Quanto enim aliquid est
simplicius, tanto virtus (eius) est minus limitata, unde ad plura se extendit sua
causalitas”. Ibid., 7, 8

97

C. CARDONA, Metafísica del bien y del mal, cit., p. 56

98

Cfr. Ibid.

99

Cfr. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I, q.40, a.1.