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CAPÍTULO I

criaturas capaces de amar reflejan de modo más perfecto su proveniencia, y
se espera de ellas que la semejanza a su causa crezca. De este modo, la
verdad del amor como motivo de la Creación, tiene implicaciones éticas:
“Dios obra por amor, y quiere sólo amor, correspondencia, reciprocidad,
amistad”72. El hombre se perfecciona cuando responde al acto de amor que
le ha dado origen, “cuando libremente ama a Aquel que libremente le
hace”73.
Según Wadell, en esta misma línea, la ética de Santo Tomás quiere dar
respuesta precisamente a la grandeza de un Dios que ama. “Esta es la
cuestión que plantea Tomás a nuestra vida moral. Si somos creados por
amor, ¿cómo volvemos a él?”74.
La libertad del hombre le hace capaz de dirigirse hacia su bien, o de
elegir otros caminos. En este sentido, el hombre puede no corresponder al
amor ofrecido por Dios y, de algún modo, defraudarle. La falta de
correspondencia del hombre tiene dos consecuencias: contra Dios y contra
el mismo hombre.
Por un lado, el desamor se demuestra una acción contra sí mismo, pues
aleja al hombre del fin por el que ha sido creado. Y en este sentido, conocer
que he sido originado por un acto de amor compromete mi conducta,
señalándome un tipo de comportamiento a seguir, una ética.
Pero la falta de reciprocidad al amor divino por parte del ser libre tiene
otra dimensión, pues el acto de amor con el que hemos sido creados es
eterno, y el amor reclama reciprocidad: a Dios no resulta indiferente una

72

Ibid., p. 101. También Forment deduce, de la dependencia ontológica, la
necesidad de responder con amor: “El ser es algo dado y recibido. Debe
aceptarse como tal y visto como donación amorosa. Este amor es un amor de
donación, un amor no interesado, que solo busca el bien de lo amado. Por estar
abierto al ser, el hombre está abierto al amor”. E. FORMENT, Metafísica, Palabra,
Madrid 2009, p. 83

73

C. CARDONA, Metafísica del bien y del mal, cit., p. 102

74

P. J. WADELL, La primacía del amor, cit., p. 215