alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Ni pizca, ––replicó Aramis. A fe, no valía la pena de que me interrumpierais otra
vez. Además, y con perdón sea dicho, descuidáis demasiado la lógica y no hacéis el uso
debido de vuestra memoria.
––¿Por qué?
––¿En qué he basado yo el principio de nuestra conversación?
––En el odio que me profesa Su Majestad, odio invencible, pero ¿qué odio es capaz de
resistir a la amenaza de tal revelación?
––Aquí es donde falsea vuestra lógica. ¡Cómo! ¿vos creéis que de haber hecho yo tal
revelación, estaría vivo en esta hora?
––Apenas hace diez minutos que os habéis separado del rey.
––¿Y qué? no hubiera tenido tiempo de hacerme matar; pero sí el suficiente para
hacerme amordazar y sepultar en una mazmorra. Vaya, más firme en el raciocinio, ¡voto
a mil bombas!
Por tal exclamación del mosquetero, resbalón de un hombre que siempre caminaba con
pies de plomo, Fouquet pudo comprender a qué grado de exaltación había llegado el sereno y reservado obispo de Vannes.
––Además, ––continuó éste último después de haberse calmado, ––¿sería yo quien soy,
un amigo verdadero, si a vos a quien ya el rey os odia, os expusiera a ser juguete de una
pasión todavía terrible de aquél? Que le hubierais robado la hacienda y galanteado a su
concubina, ¡pase! Pero tener en vuestras manos su corona y su honra, primero os arrancaría el corazón con sus propias uñas.
––¿Luego no le habéis dejado entrever el secreto?
––Antes me hubiera tragado todos los venenos que Mitrídates se bebió en el espacio de
veinte años para ver si de esta suerte conseguía no morirse.
––¿Qué habéis hecho pues?
––Ahí está el quid, monseñor. Paréceme que voy a despertar vuestra curiosidad. ¿Continuáis prestándome oído atento?
––¡Pues no he de escucharos! Decid.
Aramis dio una vuelta alrededor del aposento para cerciorarse de que nadie podía escuchar, y luego se volvió a sentar junto al sillón en el cual Fouquet aguardaba con profunda
ansiedad sus revelaciones.
––Había olvidado haceros sabedor de una particularidad notable referente a los mellizos
de que estamos hablando, ––repuso Aramis, ––y es que Dios los ha criado tan semejantes
entre sí, que únicamente él, si les citara ante el tribunal, los podría distinguir uno de otro.
Ana de Austria, con ser madre de ellos, no lo conseguiría.
––¡Es imposible! ––exclamó Fouquet.
––Nobleza de facciones, andar, estatura, voz, todo en ellos es igual.
––Pero ¿y el pensamiento, la inteligencia, la ciencia de la vida?
––En esto hay desigualdad, monseñor. El preso de la Bastilla es incontestablemente superior a su hermano, y si la pobre víctima pasase de la prisión al trono, tal vez desde su
origen Francia no habría tenido un soberano más grande en cuanto a la inteligencia y a la
nobleza de carácter.
Fouquet bajó la frente bajo el peso de aquel secreto terrible.
––También hay desigualdad para vos entre los dos gemelos hijos de Luis XIII, ––
repuso Aramis acercándose al superintendente y prosiguiendo su obra de tentación; ––y
la desigualdad, en este punto, está en que el último nacido no conoce a Colbert.