alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Es inverosímil.
––Así dirán.
––Herblay, en nombre de nuestra alianza, de nuestra amistad y de cuanto más querido
os sea en el mundo, decidme sin rodeos lo que hay. ¿A qué debéis el haberos impuesto de
tal manera en el ánimo del rey? Me consta que no os veía con buenos ojos. Ahora me
querrá.
––¿Habéis tenido algún negocio particular con él?
––Sí.
––¿Un secreto, tal vez?
––Sí.
––¿Tal que pueda haber impreso un nuevo rumbo a las miras de Su Majestad?
––Realmente sois un hombre superior. Habéis adivinado. En efecto, he descubierto un
secreto capaz de modificar las miras del rey de Francia.
––¡Ah! ––repuso Fouquet con la reserva del hombre cortés que no quiere interrogar.
––Vais a juzgarlo, ––continuó Aramis, ––y a decirme si me engaño respecto de la importancia de tal secreto.
––Pues me hacéis la gran merced de abrirme vuestro corazón, os escucho; pero conste
que no he cometido la indiscreción de interrogaros.
Aramis se recogió un momento. Después miró profundamente a Fouquet que estaba
mudo, admirado, confundido y con grave acento le contó la historia del desgraciado Felipe.
––¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué extraña aventura! ––dijo al fin Fouquet.
––Todavía no hemos llegado al fin. Paciencia, amigo mío.
––La tendré.
––Dios envió al oprimido un vengador, o, si lo preferís, un apoyo. Sucedió, pues, que el
soberano reinante... Opináis como yo, ¿no es verdad? Prosigo, pues Dios permitió que el
usurpador tuviese por primer ministro un hombre de talento y de gran corazón y sobre
esto, animoso.
––Está bien, está bien ––dijo Fouquet. ––Comprendo, habéis contado conmigo para que
os ayude a reparar la injusticia de que ha sido víctima el pobre hermano de Luis XIV.
Habéis hecho bien; os ayudaré. Gracias, Herblay, gracias.
––Nada de eso, pero... si no me dejáis concluir, ––exclamó Aramis con impasibilidad.
––Me callo.
––Decía, pues, que el soberano reinante cobró aversión a su ministro, el señor Fouquet,
el cual se veía amenazado en su fortuna, en su libertad y quizá también en su vida, por la
intriga y el odio, a los que prestó oído el rey. Pero Dios permitió, asimismo, para la salvación del príncipe sacrificado, que el señor Fouquet tuviese a su vez un amigo devoto,
conocedor del secreto de Estado, y con aliento bastante para publicar aquel secreto después de haberlo tenido para aguardarle por espacio de veinte años en su corazón.
––No digáis más, ––repuso Fouquet ardiendo en ideas generosas; ––os comprendo y lo
adivino todo. Al saber que yo estaba arrestado, os habéis abocado con el rey, al ver que
vuestras súplicas no le ablandaban. le habéis amenazado con revelar el secreto, y Luis
XIV, asustado, ha concedido al terror lo que había negado a vuestra generosa intercesión.
Comprendo, comprendo, vos tenéis en el puño al rey; comprendo.
