alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


Vista previa del archivo PDF alejandro-dumas-el-hombre-de-la-mascara-de-hierro-1.pdf


Página 1...97 98 99100101242

Vista previa de texto


Fouquet se levantó con las facciones pálidas y alteradas. La saeta había dado en el
blanco, pero no en el corazón, sino en el alma.
––Ya, ––dijo el superintendente, ––me proponéis una conspiración.
––Casi, casi.
––Una tentativa de esas que cambian la faz de los imperios, como me habéis dicho al
principio de esta conversación.
––Pero, ––replicó Fouquet después de penoso silencio, ––vos no habéis reflexionado
que esta revolución política es para trastornar a todo el reino, y que para arrancar de cuajo
el árbol de infinitas raíces a que llaman un rey y sustituirlo por otro, nunca estará la tierra
lo suficientemente apelmazada para que el nuevo soberano quede al abrigo del viento de
la borrasca pasada y de las oscilaciones de su propio cuerpo.
Aramis volvió a sonreírse.
––Tened en cuenta ––continuó Fouquet enardeciéndose con la eficacia del talento que
concibe un proyecto y lo madura en pocos segundos, y con la amplitud de miras del que
prevé todas las consecuencias y abarca todos los resultados; ––tened en cuenta que debemos convocar a la nobleza, al clero y al estado llano; destruir al príncipe reinante, turbar con un escándalo inaudito la tumba de Luis XIII, perder la vida y la honra de Ana de
Austria, y la vida y la paz de María Teresa, y que hecho esto, si lo conseguimos...
––Por mí fe que no os comprendo, ––replicó Aramis con indiferencia. ––De cuantas palabras acabáis de verter no aprovecha ni una.
––¡Cómo! ––exclamó con admiración el superintendente, ––¿un hombre como vos no
discute en el terreno de la práctica? ¿Os limitáis a la alegría pueril de una ilusión política?
¿Prescindís de las alternativas de la ejecución, es decir, de la realidad?
––Amigo mío, ––replicó Aramis dando un acento de familiaridad desdeñosa al calificativo, ––¿qué hace Dios para sustituir a un rey por otro?
––¡Dios! ––prorrumpió Fouquet, ––Dios delega a su agente, que toma al condenado, se
lo lleva y hace sentar al triunfador en el trono vacío.
––Pero olvidáis que aquel agente es la muerte...
––¡Oh Dios! ¿acaso alentaríais la intención?...
––Nada de eso, monseñor. Vais más allá del fin. ¿Quién os habla de matar a Luis XIV?
¿quién de seguir el ejemplo de Dios en la estricta práctica de sus obras? No. Lo que yo
quise deciros es que Dios hace las cosas sin trastorno, sin escándalo, sin esfuerzos, y que
los hombres inspirados por Dios triunfan como él en cuanto emprenden, intentan y hacen.
––¿Qué queréis decir?
––Quiero decir, amigo mío, ––prosiguió Aramis, ––que si ha habido trastorno, escándalo, y aún esfuerzo en la sustitución del rey por el preso, os reto á que me lo probéis.
––¿Cómo? ––exclamó Fouquet, más blanco que el pañuelo con que se enjugaba las sienes. ––¿Qué decís?...
––Entrad en el dormitorio del rey, ––continuó Aramis con pasmosa tranquilidad, ––y
no obstante estar vos en autos, os reto a que advirtáis que el preso de la Bastilla está acostado en la cama de su hermano.
––Pero ¿y el rey? ––preguntó Fouquet sobrecogido de horror al oír tal nueva.
––¿Qué rey? ––dijo Aramis con voz suave, ––¿el que os odia o el que os quiere?
––El rey... de ayer.
––Tranquilizaos; ha ido a tomar en la Bastilla el puesto que por espacio de demasiado
tiempo ha ocupado su víctima. ––¡Dios de Dios! ¿Y quién le ha llevado a la Bastilla?