alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Yo.
––¡Vos!
––Sí, y del modo más sencillo. Esta noche le he secuestrado, y mientras él bajaba a la
obscuridad, el otro subía a la luz. Paréceme que eso no ha levantado el más leve ruido.
Un relámpago sin trueno no despierta a nadie.
Fouquet lanzó un grito sordo, como si un ser invisible hubiese descargado sobre él un
golpe terrible, y, tomándose la cabeza con las crispadas manos, murmuró:
––¿Vos habéis hecho eso?
––Con bastante destreza. ¿Qué? ¿no lo creéis?
––¿Vos habéis destronado al rey y reducido a prisión?
––Sí.
––¿Y la acción se ha consumado aquí, en Vaux?
––Sí, en la cámara de Morfeo. No parece sino que la construyeron en previsión de semejante acto.
––¿Y cuándo ha pasado eso?
––Esta noche.
––¡Esta noche!
––Entre doce y una.
––¡En Vaux! ¡en mi casa! ––prorrumpió Fouquet con voz atragantada.
––Sí, en vuestra casa, que bien vuestra es desde que Colbert no puede hacer que os la
roben.
––¡Conque ha sido en mi casa donde se ha cometido tamaño crimen!
––¡Crimen! ––repuso Aramis con estupefacción.
––¡Crimen abominable! ––prosiguió Fouquet exaltándose por momentos, ––¡crimen
más execrable que un asesinato! ¡crimen que para siempre deshonra mi nombre y me libra al horror de la posteridad!
––Estáis delirando, caballero, ––replicó el obispo con voz no muy firme. ––Cuidado
con levantar tanto la voz.
––La levantaré de tal suerte, que me oirá el universo entero.
––Señor Fouquet, ved lo que hacéis.
––Sí, ––exclamó el superintendente volviéndose hacia el prelado y mirándole cara a cara, ––al cometer esa traición, ese crimen contra mi huésped, contra aquel que descansaba
tranquilamente bajo mi techo, me habéis deshonrado. ¡Ay de mí!
––¡Ay de aquel que bajo vuestro techo meditaba la ruina de vuestra fortuna y de vuestra
vida! ¿Olvidáis eso?
––¡Era mi huésped, era mi rey!
––¿Estoy con un insensato? ––repuso Aramis levantándose, con los ojos sanguinolentos
y la boca convulsiva.
––No, sino con un hombre honrado.
––¡Loco!
––Con un hombre que os impedirá que consuméis vuestro crimen.
––¡Loco!
––Con un hombre que prefiere mataros y morir a que consuméis su deshonor.
Y Fouquet se abalanzó a su espada puesta por D'Artagnan a la cabecera de la cama, y la
blandió con resolución.
