alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

Vista previa de texto
––Sí, ¿y qué?
––Que por este lado ya os declaran ladrón.
––¡Válgame Dios!
––No todo para aquí. ¿Recordáis la carta que escribisteis a La Valiére?
––¡Ay! es verdad.
––Pues sois traidor y sobornador.
––¿Por qué me ha perdonado pues, el rey?
––Todavía no hemos llegado a ese punto de nuestra argumentación. Lo que yo quiero
es que ante todo quedéis bien impuesto de vuestra situación. El rey sabe que sois malversador de caudales del Estado... ¡Qué diantre!, ya sé yo que no habéis malversado un ardite; pero sea lo que fuere, Su Majestad no ha visto los resguardos, y, por lo tanto, no puede
menos de teneros por criminal.
––Con todo eso, no veo...
––Ya veréis. Además, como el rey ha leído la carta que dirigisteis a La Valiére, no puede caberle duda alguna respecto de vuestros propósitos para con aquélla, ¿no es así?
––Sí; pero acabad de una vez.
––A eso voy. El rey es, pues, para vos un enemigo capital, implacable, eterno.
––De acuerdo. Pero ¿soy por ventura tan poderoso para que, pese al odio que me profesa y a los pretextos que mi debilidad o mi desgracia le proporcionan contra mí, no se haya
atrevido a consumar mi perdición?
––Queda demostrado, ––prosiguió Aramis con indiferencia, –– que no hay reconciliación posible entre vos y el monarca.
––Pero me perdona.
––¿Lo creéis así? ––preguntó el obispo fijando una mirada escrutadora en su interlocutor.
––Puedo no creer en la sinceridad del corazón, pero sí en la verdad del caso, ––replicó
Fouquet. Y al ver que Aramis encogía ligeramente los hombros, añadió: ––Entonces ¿por
qué os ha encargado Luis XIV que me dijerais lo que me habéis dicho?
––El rey no me ha encargado de nada para vos.
––¡De nada! ––exclamó el superintendente en el colmo de la estupefacción. ––Pues ¿y
la orden?...
––¡Ah! es verdad, ––repuso Aramis con acento tan singular, que Fouquet no pudo menos de estremecerse.
––Vos me ocultáis algo, Herblay. ¿Acaso el rey me destierra?
––Adivinado.
––Me asustáis.
––Señal que no habéis adivinado.
––¿Qué os ha dicho el rey? En nombre de nuestra amistad no me lo ocultéis.
––Nada.
––Vais a hacer que me muera de impaciencia, Herblay. ¿Continúo siendo superintendente?
––Mientras queráis.
––Pero ¿qué singular imperio habéis adquirido de repente en el ánimo de Su Majestad?
––Ya lo veis.
––Le hacéis obrar a vuestro antojo.
––Tal creo.
