alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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D'Artagnan condujo a Aramis al dormitorio de Fouquet.
EL AMIGO DEL REY
Fouquet aguardaba con ansiedad, y ya había despedido a algunos servidores y amigos
suyos que, anticipándose a la hora de sus acostumbradas recepciones, acudieron a su
puerta.
Cuando Fouquet vio volver a D'Artagnan, y tras éste al obispo de Vannes, su alegría
fue tan grande como grande había sido su zozobra. Para el superintendente, la presencia
de Aramis era una compensación a la desgracia de ser arrestado.
El obispo estaba taciturno y grave, y D'Artagnan, trastornado por todo aquel cúmulo de
acontecimientos increíbles.
––¿Y bien, capitán, me traéis al señor de Herblay?
––Y algo mejor todavía, monseñor.
––¿Qué?
––La libertad.
––¿Estoy libre?
––Sí, monseñor; por orden del rey.
Fouquet recobró toda su serenidad para interrogar a Aramis con la mirada.
––Dad las gracias al señor obispo de Vannes ––prosiguió D'Artagnan; ––pues a él y a
nadie más que a él debéis el cambio del rey.
Aramis se volvió hacia Fouquet, que no estaba menos pasmado que el mosquetero y le
dijo:
––Monseñor, el rey me ha encargado que os diga que su amistad para con vos es hoy
más firme que nunca, y que la hermosa fiesta que le habéis dado y con tanta generosidad
ofrecido, le ha dejado hondamente satisfecho.
Y Aramis saludó a Fouquet tan ceremoniosamente, que éste, incapaz de comprender
una diplomacia tan sutil, quedó sin voz, sin idea, sin movimiento.
Herblay se volvió hacia el mosquetero, y le dijo con voz meliflua:
––Amigo mío, ¿verdad que no olvidaréis la orden del rey concerniente a las prohibiciones que tiene hechas para cuando se levante?
Estas palabras eran tan claras que D'Artagnan se dio por entendido. Así, pues, saludó a
Fouquet y luego a Aramis con respeto algo irónico, y salió.
Entonces el superintendente se abalanzó a la puerta para cerrarla, y salió.
––Mi querido Herblay, creo que ha llegado la hora de que me expliquéis lo que pasa,
porque en verdad no entiendo nada.
––Todo vais a saberlo ––repuso Aramis sentándose y haciendo sentar a Fouquet.
––¿Por dónde hay que principiar?
––Por esto. ¿Por qué ha mandado el rey que me pongan en libertad?
––Mejor hubierais hecho preguntándome por qué os hizo arrestar.
––Desde que lo efectuaron he tenido tiempo de reflexionarlo, y casi juraría que los celos han influido algo. Mi fiesta ha contrariado a Colbert, y Colbert ha hallado contra mí
algún plan, el de Belle-Isle, pongamos por caso.
––No, todavía no hemos llegado a eso.
––¿Por qué?
––¿Os acordáis de aquellos resguardos de trece millones que os hizo robar Mazarino?