alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Oigo pasos en el vestíbulo.
––Es él.
––Ea, empecemos el ataque ––dijo Felipe con resolución.
––Cuidado, Sire ––repuso Aramis: ––empezar el ataque, y por D'Artagnan, sería una
locura. D'Artagnan no sabe ni ha visto cosa alguna y está a mil leguas de sospechar nuestro misterio; pero si es el primero en entrar hoy aquí, barruntará que ha pasado algo que
debe ponerle sobre aviso. Antes que permitáis la entrada a D'Artagnan, debemos ventilar
mucho el dormitorio, o introducir en él tanta gente, que el mejor sabueso del reino quede
desorientado por tantos rastros diferentes.
––¿Cómo despedirle si le he citado? ––observó el príncipe, ardiendo en deseos de medirse con tan temible adversario.
––Yo me encargo de ello ––repuso el obispo, ––y para empezar, voy a dar un golpe que
dejará aturdido al gascón.
––También él sabe darlos ––replicó con viveza el príncipe.
En efecto, en el exterior resonó un golpe.
Aramis no se engañó: realmente era D'Artagnan quien así se anunciaba.
Ya hemos visto al mosquetero pasar la noche filosofando con el señor Fouquet; pero
aquél estaba fatigadísimo, aun de fingir el sueño. Y apenas el alba iluminó con su azulada
aureola las suntuosas cornisas del dormitorio del superintendente, D'Artagnan se levantó
de su sillón, acomodó su espada, y con la manga se cepilló el traje y sombrero, como soldado pronto a pasar revista de limpieza.
––¿Os vais? ––preguntó Fouquet al gascón.
––Sí, monseñor, ¿y vos?
––Me quedo.
––¿Palabra?
––Palabra.
––Por otra parte, salgo únicamente en busca de la respuesta que vos sabéis.
––De la sentencia queréis decir.
––Mirad, monseñor, yo tengo algo de romano antiguo. Esta mañana, al levantarme, he
notado que mi espada no se ha enganchado en ninguna agujeta, y que el tahalí ha resbalado sin tropiezo. Es una señal infalible.
––¿De prosperidad?
––Sí.
––¡Diantre! no sabía que vuestra espada os tuviese tan al cabo ––dijo Fouquet. ––¿Es
hechicera la hoja de vuestra espada, o está encantada?
––Mi espada es miembro de mi cuerpo. He oído decir que a algunos hombres les avisa
la pierna o una punzada en las sienes. A mí me avisa mi espada. Pues bien, mi espada nada me ha dicho esta mañana... ¡Ah!, ¡sí!... ahora acaba de caer por sí en el último recodo
del tahalí. ¿Sabéis qué presagia esto?
––No.
––Pues me presagia un arresto para hoy.
––Pero si nada triste os predice vuestra espada ––repuso el superintendente, más admirado que enojado de aquella franqueza, ––¿no es triste para vos el arrestarme?
––¿Yo arrestaros a vos?
––Claro, el presagio...