alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––¿Qué ha pasado?
––Lo que esperábamos.
––¿Ha resistido?
––Encarnizadamente; ha llorado y dado gritos.
––¿Y después?
––Ha sobrevenido el estupor.
––¿Y por fin?
––Por fin, victoria completa y silencio absoluto.
––¿Sospecha algo el gobernador de la Bastilla?
––Nada.
––¿Y el parecido?
––Es el que ha determinado el buen éxito de la empresa.
––Sin embargo, no olvidéis que el preso no puede menos de explicarse, como yo pude
hacerlo no obstante haberme visto obligado a combatir un poder incomparablemente más
fuerte que el mío.
––Ya lo he previsto todo. Dentro de algunos días, más pronto si lo exigen las circunstancias, sacaremos de su prisión al cautivo y lo desterraremos a un punto tan lejano...
––Uno vuelve del destierro, señor de Herblay.
––He dicho a un punto tan lejano, que las fuerzas materiales del hombre y la duración
de su vida no bastarían para procurar su regreso.
Una vez más el rey y Aramis cruzaron una fría mirada de inteligencia.
––¿Y el señor de Vallón? ––preguntó Felipe.
––Os lo presentarán hoy, y os felicitará confidencialmente por haberos salvado del peligro que os ha hecho correr el usurpador.
––¿Qué haremos de él?
––¿Del señor de Vallón?
––Un duque vitalicio, ¿no es verdad?
––Sí, sire ––respondió Aramis, sonriéndose de un modo particular.
––¿Por qué os reís, señor de Herblay?
––Me río de la previsora idea de vuestra majestad. ––¿Previsora? ¿qué queréis decir?
––Vuestra majestad teme que el pobre Porthos se convierta en un testigo incómodo, y
quiere deshacerse de él.
––¿Creándole duque?
––Sí, sire, porque la alegría va a matarlo, y con él moriría el secreto.
––¡Qué decís!
––Y yo perderé un buen amigo ––repuso con la mayor flema Herblay.
En este momento y en medio de la fútil conversación bajo la cual los dos conspiradores
ocultaban el gozo y el orgullo del triunfo, Aramis oyó un rumor que le hizo aguzar el oído.
––¿Qué pasa? ––preguntó Felipe.
––Amanece, sire.
––¿Y qué?
––Que anoche, antes de acostaron, decidisteis hacer algo llegado el día.
––Sí, dije a mi capitán de mosqueteros que lo aguardaría, –– contestó con viveza el joven.
––Pues si así lo dijisteis, va a presentarse porque es hombre puntual.