alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––No es por vos, pues desde anoche estáis arrestado. Luego no seréis vos a quien yo
arreste. Por eso me alegro, por eso digo que se me prepara un bien día.
Dichas estas palabras con afectuoso gracejo, el capitán se despidió de Fouquet para encaminarse a la habitación del rey. ––Dadme la última prueba de afecto ––dijo Fouquet, en
el instante en que el gascón iba a atravesar el umbral.
––Estoy pronto, monseñor.
––Permitidme que vea a Herblay.
––Haré cuanto esté en mi mano para conducirlo aquí.
D'Artagnan llamó a la puerta del dormitorio del rey, y una vez abierta, el gascón pudo
creer que el mismísimo rey le había franqueado el paso; suposición que no era inadmisible, atendido el estado de agitación en que el mosquetero dejó a Luis XIV. Pero, en vez
de la cara del rey, a quien iba a saludar con el mayor respeto, vio la impasible fisonomía
de Herblay.
––¡Aramis! ––exclamó D'Artagnan, ––dijo fríamente el prelado.
––¡Aquí! ––balbuceó el mosquetero.
––Su majestad os ruega que anunciéis que está descansando, pues ha pasado muy mala
noche.
––¡Ah! ––exclamó D'Artagnan, que no acertaba a explicarse cómo el obispo de Vannes,
tan indiferente para el rey la víspera, en seis horas se hubiese convertido en el más corpulento hongo que se hubiese producido en el pasillo de una alcoba real.
En efecto, para transmitir en el umbral del dormitorio del monarca la voluntad de éste,
para servir de intermediario a Luis XIV, y ordenar en su nombre. a dos pasos de él, era
preciso haber llegado adonde nunca llegó Richelieu con Luis XIII.
––Además ––continuó Aramis, ––cuidaréis, señor capitán, de que esta mañana sólo
admitan las entradas, pues su majestad quiere dormir algún tiempo más.
––Pero ––objetó D'Artagnan, pronto a atufarse, y sobre todo, a manifestar las sospechas
que le inspiraba el silencio del rey; –– pero, señor obispo, su majestad me dio cita para
esta mañana.
––Más tarde, más tarde ––dijo el rey desde el interior de la alcoba.
Al oír aquella voz, D'Artagnan sintió una corriente de hielo en las venas, y se inclinó
atontado, como quien ve visiones, ante la sonrisa con que Aramis le anonadó luego de
proferidas aquellas palabras.
––Y en respuesta de lo que veníais a preguntar al rey ––prosiguió el obispo, ––aquí va
una orden concerniente al señor Fouquet y de la cual os enteraréis inmediatamente.
––¿Una orden de libertad? ––dijo el gascón, tomando la que Aramis le tendió.
Aquella orden le explicaba la presencia de Aramis en el dormitorio del rey.
D'Artagnan, a quien le bastaba comprender algo para comprenderlo todo, saludó y
avanzó dos pasos para marcharse.
––Os acompaño ––dijo Herblay.
––¿Adónde?
––Al aposento del señor Fouquet; quiero gozar de su contento.
––¡Si supierais lo que habéis dado que pensar! ––repuso D'Artagnan.
––Pero ahora comprendéis, ¿no es así? ––replicó Herblay.
––¡Pues no he de comprender! ––respondió en voz alta el mosquetero. Y entre sí añadió: ––Pues no comprendo ni pizca; pero lo mismo da, aquí traigo la orden. ––Luego dijo
al prelado: Adelante, monseñor.
