alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––El hombre que ama como ama Raúl de Bragelonne, acaba por olvidar el crimen de su
amada; lo que no sé, es si Raúl olvidará.
––Procuraré que así sea. ¿Nada más tenéis que decirme, referente a vuestro amigo?
––Nada más.
––Ahora hablemos del señor Fouquet. ¿Qué pensáis vos que quiero hacer de él?
––Dejadlo donde está; que continúe siendo superintendente.
––Conformes; pero hoy es primer ministro.
––No del todo.
––Un rey ignorante e indeciso como lo seré yo, necesita forzadamente un primer ministro.
––Lo que necesita Vuestra Majestad es un amigo. Tengo uno, vos.
––Más adelante tendréis más, pero ninguno tan abnegado ni tan amante de vuestra gloria como yo.
––Vos seréis mi primer ministro.
––No, desde luego, monseñor. Esto levantaría demasiadas sospechas, causaría grande
extrañeza.
––¿Por ventura el primer ministro de mi abuela María de Médicis, Richelieu, era algo
más que obispo de Luzón, como vos lo sois de Vannes?
––Veo que Vuestra Alteza ha aprovechado bien mis notas. No podéis figuraros cuánto
me halaga vuestra maravillosa perspicacia.
––También sé que, gracias a la protección de la reina, Rechelieu no tardó en recibir el
capelo.
––Más valdrá, ––repuso Aramis inclinándose, ––que no sea yo
primer ministro hasta que Vuestra Alteza me haya hecho nombrar cardenal.
––Lo seréis antes de dos meses, señor de Herblay. Pero esto es muy poco, tan poco, que
me daríais un disgusto si limitáis a eso vuestra ambición.
––Por eso espero más, monseñor.
––¡Ah! decid, decid.
––El señor Fouquet no desempeñará por mucho tiempo la superintendencia, pues envejecerá rápidamente. Si hoy comparte el placer con el trabajo, hasta donde éste se lo permite, es porque le queda aún algo de juventud; algo que desaparecerá a la primera aflicción o a la primera enfermedad que le asalte. La aflicción se la evitaremos, porque es
hombre digno y de corazón noble, pero en cuanto a la enfermedad, nada podemos. De
consiguiente, quedamos en que una vez hayáis pagado las deudas del señor Fouquet y
repuesto la hacienda, aquél, a quien habremos enriquecido, continuará siendo rey en medio de su corte de poetas y pintores. Entonces yo, primer ministro de Vuestra Alteza Real,
podré pensar en mis intereses y en los vuestros.
El príncipe miró a su interlocutor.
––Richelieu, del cual hemos hablado, ––continuó Aramis, –– cometió el grande error de
querer gobernar por sí sobre el reino, de dejar que se sentaran dos reyes en un mismo trono, Luis XIII y él, cuando pudo instalarlos más cómodamente en dos tronos diferentes.
––¿En dos tronos? ––repuso Felipe.
––Sí, monseñor, ––prosiguió Aramis con voz sosegada: ––un cardenal primer ministro
de Francia, con ayuda del favor y del apoyo del rey cristianísimo; un cardenal a quien su
amo y señor presta sus tesoros, sus ejércitos y su consejo, al aplicar únicamente a Francia
sus recursos no cumpliría con los deberes a su cargo. Por otra parte, ––añadió Aramis di-