alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––¿Y de vuestro segundo hermano! ––repuso Aramis inclinándose.
––Añadisteis a las notas unos retratos trazados por manera tan maravillosa, tan bien dibujados, tan bien pintados, que en ellos reconocí a las personas de quienes vuestras notas
designaban el carácter, las costumbres y la historia. Mi hermano es un gallardo moreno
de pálida tez, que no ama a su mujer Enriqueta, a quien yo, Luis XIV, he amado un poco,
y aun la amo coquetamente, por más que me arrancó lágrimas el día en que quiso despedir a La Valiére.
––Cuidado con exponeros a los ojos de ésta, ––dijo Aramis. –– La Valiére ama de todo
corazón al rey actual, y difícilmente engaña uno los ojos de una mujer que ama.
––Es rubia, y tiene ojos garzos, cuya mirada de ternura me revelará su identidad. Cojea
un poco, y escribe diariamente una carta a la que por mi orden contesta Saint-Aignán.
––¿Y a éste lo conocéis?
––Como si lo viera, y sé de memoria los últimos versos que me ha dirigido, así como
los que yo he compuesto en contestación a los suyos.
––Muy bien. ¿Y vuestros ministros?
––Colbert, feo y sombrío, pero inteligente; con los cabellos caídos hasta las cejas, cabeza voluminosa, pesada y redonda, y por aditamento, enemigo mortal de Fouquet.
––Respecto de Colbert nada tenemos que temer.
––No, porque precisamente me pediréis vos que lo destierre.
––Seréis muy grande, monseñor, ––se limitó a decir Aramis, lleno de admiración.
––Ya veis que sé la lección a las mil maravillas, ––añadió el príncipe, ––y con la ayuda
de Dios y la vuestra no padeceré muchas equivocaciones.
––Todavía quedan un par de ojos muy molestos para vos, monseñor.
––Ya, os referís al capitán de mosqueteros, a vuestro amigo D'Artagnan.
––En realidad es amigo mío.
––El que acompañó a La Valiére a Chaillot, el que metió a Monck en una caja para entregárselo a Carlos II, el que ha servido tan bien a mi padre, en una palabra, el hombre a
quien le debe tanto la corona de Francia, que se lo debe todo. ¿Por ventura vais también a
pedirme que destierre a D'Artagnan?
––Nunca, Sire. D'Artagnan es hombre a quien me reservo contárselo todo llegada la
ocasión; pero desconfiad de él, porque si antes de mi revelación nos descubre, vos o yo la
pagaremos con la libertad o la vida. Es hombre audaz v resuelto.
––Lo reflexionaré. Bueno, hablemos' ahora de Fouquet. ¿Qué habéis determinado respecto de él?
––Permitidme que todavía no os hable de él, monseñor, y perdonadme mi aparente falta
de respeto al interrogaros incesantemente.
––Cumplís con vuestro deber al hacerlo, y aun diré que estáis en vuestro derecho.
––Antes de hablar del señor Fouquet, tendría escrúpulo de olvidar a otro amigo mío.
––Al señor de Vallón, el Hércules de Francia. Este tiene asegurada su fortuna.
––No quise referirme a él, monseñor.
––¿Al conde de La Fere, pues?
––Y a su hijo, el hijo de nosotros cuatro.
––¿El doncel que se muere de amor por La Valiére, a quien se la ha robado por manera
tan desleal mi hermano? Nada temáis, yo haré que la recobre. Decidme, caballero de
Herblay, ¿olvida el hombre las injurias cuando ama? ¿Perdona a la mujer infiel? ¿Encaja
esto con el carácter francés, o es una de las leyes del corazón humano?