alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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de mirar el cielo con ojos de súplica, tristes y humedecidos; como Aramis no apartó de
Felipe los suyos, preñados de avidez, inflamados y devoradores.
Felipe bajó de repente la cabeza, y es que su pensamiento había bajado nuevamente a la
tierra. Al joven se le endureció la mirada, arrugósele la frente, y armósele de resolución
indómita la boca; luego volvió a quedar con los ojos fijos, que por ahora se reflejaba en
ellos la llama de los humanos esplendores; ahora su mirada era como la de Satanás cuando, en la cima de la montaña, quería tentar a Jesucristo mostrándole los reinos y las potestades de la tierra.
La mirada de Aramis se hizo tan suave como antes era sombría. Felipe, con además veloz y nervioso, acababa de tomarle la mano, diciendo:
––Vamos adonde se encuentra la corona de Francia.
––¿Es esa vuestra decisión, príncipe mío? ––preguntó Aramis.
––Sí.
––¿Irrevocable?
Felipe ni siquiera se dignó responder; se limitó a mirar al obispo, como para preguntar
si un hombre puede volver sobre su acuerdo.
––Vuestras miradas son los dardos de fuego que pintan los caracteres, ––dijo Aramis
inclinándose hasta la mano de Felipe. ––Seréis grande, monseñor, yo soy quien os lo pronostico.
––Anudemos la conversación donde la hemos dejado, ––repuso el príncipe. ––Si no recuerdo, os he dicho que “quería” ponerme de acuerdo con vos acerca de dos puntos: los
peligros o los obstáculos. Ya está resuelto este punto. El otro estriba en las condiciones
que me impondréis. Ahora os toca hablar a vos, señor de Herblay.
––¿Las condiciones, príncipe mío?
––Por supuesto. No vais a detenerme en mi camino por tal bagatela, ni me haréis el
agravio de suponer que yo creo a pies juntillas que os habéis metido desinteresadamente
en este negocio. Conque dadme a conocer sin ambages ni rodeos vuestro pensamiento.
––Es éste, ––dijo Aramis: ––una vez rey...
––¿Cuándo lo seré?
––Mañana por la noche.
––¿Cómo?
––Os lo diré después que me hayáis contestado a lo que voy a deciros. Os envié un
hombre fiel para que os entregara un cartapacio con notas en letra menuda y redactadas
con firmeza, que permiten a Vuestra Alteza conocer a fondo a cuantas personas componen o compondrán vuestra corte.
––Leí todas las notas a que os referís.
––¿Atentamente?
––Las sé de memoria.
––¿Las comprendisteis? Y perdonad si os hago la pregunta, que bien puedo hacérsela al
infeliz abandonado de la Bastilla. Dentro de ocho días nada tendré que preguntar a un
hombre de tan claro entendimiento como vos, en el pleno goce de la libertad y del poder.
––Interrogadme pues; me avengo a ser el escolar a quien su sabio maestro le hace dar la
lección señalada.
––Primeramente hablemos de vuestra familia, monseñor.
––¿De mi madre Ana de Austria? ¿de sus amarguras y de su terrible dolencia? De todo
me acuerdo.