alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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Vaux no tenía más que un defecto, y era su carácter grandioso, su graciosa magnificencia.
Una gran verja sostenida por cariátides forma la entrada de Vaux, y luego que uno la ha
atravesado se encuentra frente al cuerpo principal del edificio, precedido de un gran patio
ceñido de profundos fosos coronados de una magnífica barandilla de piedra. Aquel edificio, construido por un vasallo, se parece más a un alcázar que no los palacios que Wolsey
se creía obligado a regalar a su señor para no despertarle la envidia.
Pero, si algo puede ser preferido a la espléndida disposición de las habitaciones, al lujo
de los dorados, a la profusión de las pinturas y las estatuas, es el parque, son los jardines
de Vaux. Los surtidores, maravillosos en 1653, lo son aún en la hora presente: las cascadas despertaban la admiración de reyes y príncipes; y por lo que hace la famosa gruta, el
lector nos perdonará que no describamos todas sus bellezas, porque no querríamos despertar, respecto de nosotros, críticas como las que a la sazón meditaba Boileau. Haremos,
pues, como Despreaux, entraremos en el parque que tenía entonces tan sólo ocho años, no
obstante lo cual se doraban a los primeros rayos del sol las ya frondosas y altas cimas de
sus árboles. Le Notre anticipó el goce del mecenas: todos los planteles dieron árboles
precoces gracias al sumo cuidado que se puso en su cultura y al eficaces abonos. Todo
árbol de las cercanías que presentaba condiciones de gran desarrollo, era, trasplantado al
parque, para adorno del cual podía fouquet comprar muy bien árboles y más árboles,
cuando para agrandarlo había comprado tres aldeas junto con lo que contenían.
El suntuoso palacio estaba dispuesto para recibir “al más gran de rey del mundo”. Los
amigos de Fouquet habían conducido a él, en coche, unos sus actores y sus decoraciones,
otros sus estatuarios y sus pintores, y, otros, finalmente, algunos ingenios, pues se trataba
de improvisar en grande.
Por patios y corredores circulaba un ejército de criados, mientras Fouquet, que hasta
aquella mañana misma no llegó, se paseaba tranquilo y perspicaz, para dar las últimas
órdenes, después de haber pasado los mayordomos la última revista.
Era el 15 de agosto. El sol caía verticalmente sobre los hombros de los dioses de
mármol y de bronce, y al tiempo que calentaba el agua de los estanques, hacía madurar en
los vergeles los magníficos melocotones, por los que debía suspirar medio siglo después
el “gran rey”, que decía a cierto personaje: Sois demasiado joven para haber comido melocotones del señor Fouquet.
¡Oh recuerdo! ¡oh trompetas de la fama! ¡oh gloria terrenal! ¡Aquel que tanto sabía
apreciar el mérito; aquel que recogió la herencia de Nicolás fouquet, y la quitara a Le
Notre y a Le Brun, y lo mandara sepultar a perpetuidad en una prisión de Estado, sólo
recordaba los melocotones de su enemigo vencido, aniquilado, olvidado! Por más que
fouquet tiró treinta millones en sus estanques, en los crisoles de sus estatuarios, en los
bufetes de sus poetas y en las carteras de sus pintores, en vano creyó que dejaría memoria
de él; y un puñado de materia vegetal que un lirón roe con la mayor frecuencia, bastaba
para que un gran rey evocara en su memoria la imagen lamentable del último superintendente de Francia.
Seguro de que Aramis había distribuido bien los criados, cuidado de hacer guardar las
puertas, y preparado los alojamientos, Fouquet no se ocupó más que en el conjunto. Aquí,
Gourville le mostró la disposición de los fuegos artificiales, allí Moliére lo condujo al
teatro, hasta que por fin y después de haber visitado la capilla, los salones y las galerías,
