alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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al bajar, rendido de cansancio, Fouquet se encontró en la escalera con Aramis, que le hizo
una seña.
El superintendente se unió a su amigo, que le detuvo ante un cuadro apenas terminado,
y al cual daba los últimos toques Le Brun, sudando, manchado de colores, pálido de fatiga y de inspiración. Era el esperado retrato del rey, con el traje de ceremonia.
Fouquet se colocó delante de aquel retrato, que, por decirlo así, respiraba, miró la figura, calculó el trabajo, se admiró, y no hallando recompensa digna de aquella hercúlea labor, echó los brazos al cuello del artista y lo estrechó contra su pecho.
Si para el artista fue aquel un momento de gozo, no así para el sastre Percerín, que iba
tras Fouquet, y admiraba en la pintura de Le Brun el traje que él hiciera para Su Majestad.
Las exclamaciones de Percerín fueron interrumpidas por la señal que dieron desde la torre del palacio. Más allá de Melún, en la llanura, los vigías de Vaux habían divisado el
cortejo del rey y de las reinas: Su Majestad entraba en aquel momento en Melún con su
larga fila de carrozas y jinetes.
––Dentro de una hora, ––dijo Aramis a Fouquet.
––¡Dentro de una hora! ––exclamó el superintendente exhalando un suspiro.
––¡Y el pueblo que pregunta de qué sirven las fiestas reales! –– prosiguió el obispo
riéndose con hipocresía.
––¡Ay! también yo me lo pregunto y no soy pueblo, ––repuso Fouquet.
––Dentro de veinticuatro horas os responderé, monseñor. Poned buena cara, que es día
de júbilo.
––Tanto si me creéis como si no, Herblay, designando con el dedo el cortejo de Luis en
el horizonte, ––sé deciros que aunque él no me quiere mucho ni yo le quiero más a él, a
proporción que va acercándose...
––¿Qué?
––Me es sagrado, es mi rey, casi me es querido.
––¿Querido? lo creo ––repuso Aramis haciendo hincapié en el vocablo, como andando
el tiempo hizo el padre Terray con Luis XV.
––No lo toméis a broma, Herblay; conozco que, de quererlo él, amaría a ese joven.
––Eso no tenéis que contármelo a mí ––replicó el obispo, –– sino a Colbert.
––¡A Colbert! ––exclamó Fouquet. ––¿Por qué?
––Porque hará que os señalen una pensión sobre el bolsillo particular del rey, cuando
sea superintendente.
––¿Adónde vais? ––preguntó Fouquet con gesto sombrío, al ver que Aramis se marchaba después de haber disparado el dardo.
––A mi habitación para mudar de traje.
––¿Dónde estáis alojado?
––En el cuarto azul del piso segundo.
––¿El que cae encima del dormitorio del rey?
––Sí.
––¡Vaya una sujección que os habéis impuesto! ¡Condenarse a la inmovilidad!
––Paso la noche durmiendo o leyendo, monseñor.
––¿Y vuestros criados?
––Sólo me acompaña una persona.
––¡Nada más!