alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––De esta no me levanto, monseñor, ––dijo Baisemeaux. ––¡Y yo, que he reído y bromeado con vos, y he osado trataros de igual a igual!
––¿Quieres callarte, mi viejo compadre? ––replicó el obispo comprendiendo que la
cuerda estaba muy tirante y sería peligroso romperla. Vivamos cada cual en nuestra esfera respectiva: tú, contando con mi protección y amistad, y yo con tu obediencia. Pagados
puntualmente esos dos tributos, sigamos tan contentos. Baisemeaux reflexionó, y al ver,
de una ojeada, las consecuencias fatales que podía acarrearle la extorsión de un preso por
medio de una orden falsa. puso en parangón aquellas con la orden oficial del general de la
orden, y halló que esta última no le compensaba.
––Mi buen Baisemeaux, sois un mentecato, ––dijo Aramis, que leyó en el pensamiento
de su comensal. ––Perded el hábito de reflexionar, cuando yo me tomo la molestia de
hacerlo pro vos.
––Bueno, sí; pero ¿cómo voy a arreglarme? ––repuso el gobernador después de haberse
inclinado ante un nuevo gesto que hiciera el obispo.
––¡Qué hacéis cuando soltáis a un preso?
––Sigo las instrucciones del reglamento.
––Pues obrad ahora de la misma manera.
––Me presento con el mayor en el calabozo del preso, y yo mismo le acompaño cuando
es personaje de cuenta.
––Marchiali no es nada de eso, ––repuso Aramis con negligencia.
––No lo sé, ––replicó el gobernador con acento que quería decir: A vos os toca probármelo.
––Pues si no lo sabéis, es señal que yo tengo razón; de consiguiente tratad a Marchiali
como si fuera de los ínfimos.
––Seguiré al pie de la letra el reglamento, el cual indica que el carcelero o uno de los
oficiales subalternos debe conducir el preso a la presencia del gobernador, en el archivo.
––Es una disposición muy atinada. ¿Qué más?
––Luego, se devuelven al preso cuantos objetos de valor traía en el instante de la encarcelación, así como los trajes y papeles, salvo orden contraria del ministro.
––¿Qué reza la orden del ministro acerca de Marchiali?
––Absolutamente nada, pues el desventurado entró en la Bastilla sin joyas, sin papeles
y casi desnudo.
––Ya veis que no puede ser más sencillo el caso.
––Quedaos aquí, y que conduzcan el preso al archivo.
Baisemeaux llamó a un teniente, y le dio una consigna, que éste transmitió automáticamente a quien debía.
Media hora después se oyó cerrar una puerta en el patio: era la puerta del torreón que
acababa de soltar su presa. Aramis apagó todas las bujías del comedor, dejando tan sólo
una encendida detrás de la puerta. Aquella luz trémula no permitía fijarse en los objetos,
pues duplicaba los aspectos y los vislumbres con su movilidad.
Se iba acercando el rumor de pasos.
––Salid a recibir a esos hombres, ––dijo Aramis.
El gobernador obedeció, y despidiendo al sargento y a los carceleros, seguido del preso
regresó al comedor, donde con voz conmovida notificó al joven la orden que le devolvía
la libertad.
El preso escuchó sin hacer un gesto ni proferir una palabra.