alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Ahora y cumpliendo una formalidad que exige el reglamento, ––añadió el gobernador, ––vais a jurar que nunca jamás revelaréis cuánto habéis visto u oído en la Bastilla.
El preso vio un crucifijo, y tendiendo la mano, juró sólo con los labios.
––Estáis libre, ––dijo Baisemeaux, ––¿adónde pensáis ir?
El joven volvió la cabeza como buscando tras sí una protección con la cual contara de
antemano.
––Aquí estoy, para prestaros el servicio que os plazca pedirme, ––dijo Aramis saliendo
de la penumbra.
––Dios os tenga en su santa guarda, ––dijo el preso con voz tan firme que hizo estremecer al gobernador, tanto cuanto le extrañara la fórmula.
El preso, ligeramente sonrojado, apoyó sin vacilación su brazo en el del obispo.
––¿Os da mala espina mi orden? ––dijo Aramis estrechando la mano a Baisemeaux; ––
¿teméis que la encuentren si vienen a practicar un registro?
––Deseo conservarla, ––respondió el gobernador. ––Si la encontraran en mi casa sería
señal cierta de mi perdición, y en este caso tendría en vos un poderoso auxiliar.
––¿Lo decís porque soy vuestro cómplice? ––repuso Aramis encogiendo los hombros. –
–¡Bah! Adiós, Baisemeaux.
Los caballos aguardaban, sacudiendo, en su impaciencia, la carroza.
El obispo, a quien el gobernador acompañó hasta el pie de la escalinata, subió a la carroza después de haber hecho que se instalara en ella Marchiali, y dijo al cochero esta
única palabra:
––¡Adelante!
La carroza rodó estrepitosamente por el empedrado del patio, precedida de un individuo
que alumbraba el camino con una hacha de viento y daba a cada cuerpo de guardia la orden de dejar libre el paso.
Aramis no respiró durante todo el tiempo que emplearon en abrir los rastrillos, y tal era
el estado de su ánimo, que pudieran haberle oído los latidos de su corazón.
El preso, sepultado en uno de los rincones de la carroza, tampoco daba señales de vida.
Por fin, tras la carroza se cerró la última puerta, la de la calle de San Antonio. A uno y
otro lado se veía el cielo, la libertad, la vida. Los caballos, sujetados por una mano firme,
marcharon al paso hasta el centro del barrio, donde tomaron el trote. Poco a poco, ora
porque se enardecían, ya porque les aguijaban, fueron aumentando su velocidad hasta
que, una vez en Bercy, la carroza, más que por los caballos, parecía arrastrada por el
huracán. Así corrieron los caballos hasta Villanueva de San Jorge, donde estaba preparado el relevo. Ahora, en vez de dos fueron cuatro los caballos que arrastraron la carroza
hacia Melún, no sin hacer un alto en el riñón del bosque de Senart, indudablemente a
órdenes dadas de antemano por Aramis.
––¿Qué pasa? ––preguntó el preso al detenerse la carroza y cual si despertara de largo
sueño.
––Pasa, monseñor, ––respondió Herblay, ––que antes de seguir adelante es preciso que
Vuestra Alteza y yo conversemos un poco.
––Tan pronto se presente ocasión, ––repuso el joven príncipe.
––No puede ser más oportuna la presente, monseñor; nos hallamos en el corazón del
bosque, y por lo tanto nadie puede oírnos.
––¿Y el postillón?
––El postillón de este relevo es sordo mudo, monseñor.
